El cambio de paradigma del planeamiento metropolitano de Monterrey II

En los artículos de agosto y septiembre, se ha expuesto las características del diseño urbano que podría derivarse de la Exposición de Motivos de la Iniciativa de la Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León. Al respecto, conviene recordar que deberá resolver el desorden de la conurbación actual; no solo por lo que toca al control del crecimiento de tipo extensivo que viene aumentando irracionalmente la superficie edificada, sino por la necesidad de dotar a la metrópoli de una estructura equipamental y de servicios con “lógica de proximidad”, semejante a la que perdió por la privatización de las propiedades municipales que determinaron las leyes de la desamortización al final del siglo XIX, según se ha podido documentar anteriormente.

Como se explicaba en esas publicaciones, la “revisión de la legislación actual debería no solo replantear las condiciones funcionales con las compatibilidades y la densidad edificatoria más convenientes, sino rescatar las otras condiciones morfológicas que históricamente han distinguido a la ciudad (...). Es indispensable por tanto asegurar la preservación del medio ambiente, sujetando el diseño urbano a los condicionantes territoriales. No lo es menos, recuperar el equilibrio físico en el conjunto urbano: proyectando una estructura de movilidad que vincule adecuadamente todos los tejidos, e insertar en ellos espacios destinados exclusivamente a los equipamientos sociales y las áreas verdes públicas, que sean determinados en proporción con la población. Finalmente, es necesario abordar, con razonable flexibilidad, la especificación de las características de volumen y forma de la ciudad”1.

Por tanto, conforme al plan establecido el mes pasado, corresponde a este artículo de octubre de METROPOLISREGIA revisar, bajo las condiciones apuntadas, el desarrollo metropolitano posterior a la publicación del Plan Director de 1967 hasta finalizar el siglo XX.

LA CONFIGURACIÓN DEL ÁREA METROPOLITANA DE MONTERREY (AMM) 1970-2000

La conveniencia de recuperar esa “lógica de proximidad” que señala la Exposición de Motivos, no es una idea nueva para el desarrollo urbano de Monterrey; sino que ya había quedado plasmada en la estructura funcional y representativa del proyecto de Exápolis 2000, que diseñaron los arquitectos Cortés Melo, Albalate y Leal en el Plan Director de 1967.

Como consecuencia, el estudio del desarrollo urbano del período que se inicia al final de la década de 1960 y termina el año 2000, se puede documentar en tres planos; dos de ellos corresponden al proyecto de Exápolis 2000 y el otro a su revisión del comienzo de este siglo. El primero dibuja la ciudad existente con las actuaciones urbanas aprobadas que se estaban desarrollando, el Plano del Área Metropolitana de Monterrey de 1967 (Fig. 1017-01); el cual, por una parte, deberá compararse con el segundo plano, el propio modelo urbano del Plan Director (Fig. 1017-02); y, por otra, con el desarrollo real de la ciudad durante el período que estamos analizando, que se puede ver en el tercer plano; el Plano 34, Estructura Urbana Actual, del Plan Metropolitano 2000-2021 (Fig. 1017-3).

Figura 1017-01. Plano del Área Metropolitana de Monterrey de 1967. En color gris queda señalada el área urbana edificada existente, mientras en color rojo se destacan los fraccionamientos de vivienda aprobados entre los años 1961 y 1966, que continuaban el modelo de crecimiento disperso que había seguido la metrópolis regiomontana (El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Figura 13)

En el plano del AMM de 1967 (Fig. 1017-01), se destacan las actuaciones de vivienda que habían sido aprobadas desde el principio de la década; la cuales, junto con la instalación de nuevas industrias, acumulaban la dispersión urbana principalmente en las direcciones radiales. Sin embargo, se observa que la expansión urbana estaba ya fuera de control. Si, en 1950 el AMM había alcanzado medio millón de habitantes, que se concentraban en las 4,000 hectáreas del núcleo de la ciudad; es decir, que tenía una densidad bruta de 125 hab/Ha, entre 25 y 30 viv/Ha; después de la publicación del Plan Director, el censo de la población registraba un aumento de más dos y media veces, pero el área urbana de más de cuatro. En 1970 la metrópoli tenía “1.3 millones de habitantes, y cubría una superficie aproximada de 17 mil 300 hectáreas”2. Como consecuencia de esa expansión tan desproporcionada, la densidad bruta había descendido a 72 hab/Ha, menos de 20 viv/Ha.

Esta dispersión, que incluía el aumento de los asentamientos irregulares, había adquirido muy pocas de las características de las ciudades del Sunbelt norteamericano3, que aunque contaban con densidades semejantes, tenían infraestructuras y niveles de desarrollo muy superiores a los que Monterrey podía aspirar4. Por eso, se justificaba la aplicación de medidas extraordinarias que aseguraran una gestión más ordenada del crecimiento; sobre todo, si se considera que a la magnitud de la expansión de esos veinte años, se había sumado la disgregación del tejido industrial, y la falta de una estructura de servicios y de circulaciones que facilitara la organización de la vida urbana, específicamente en lo que concierne a la educación y el transporte público.

El Plan Director de la Sub-Región Monterrey de 1967 (Fig. 1017-02), que trataba de dar respuesta a todos estos problemas proyectando el crecimiento hasta el año 2000, fue el primer documento que concretó el diseño ideal de la metrópoli regiomontana. Según los redactores, al terminar el siglo, aunque la población siguiera aumentando hasta cinco millones de habitantes, la superficie urbana alcanzaría solo 40,000 Ha; una densidad de 125 hab/Ha, entre 25 y 30 viv/Ha equivalente a la que se tenía en 1950. Pero, para conseguirlo, el proyecto aplicaría ciertas restricciones a la expansión de la mancha urbana, con un modelo geométrico repetitivo que ordenaría el crecimiento en las direcciones radiales más importantes, confinando las áreas edificables entre los principales condicionantes territoriales.

Figura 1017-02. El Plan Director de la Subregión Monterrey, Exápolis 2000. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Figura 21, pág. 50. La morfología surge del respeto de los condicionantes territoriales, orográficos e hidrográficos, y de los históricos, la estructura de comunicaciones radial y la colonización agrícola que derivó en la configuración política metropolitana

Por eso, el diseño del Plan Director configuraba de cinco ciudades independientes alrededor del núcleo existente. Además, en cada una de ellas estarían separadas y claramente delimitadas las zonas destinadas a la producción industrial y al tejido residencial. Éste, por su parte, estaría conformado por grupos de “ciudades óptimas”, constituidas a su vez por unidades de barrio; tanto los grupos como los barrios, quedarían firmemente estructurados por franjas que conjuntaban los espacios verdes con los equipamientos colectivos y las funciones administrativas. Asimismo, aparte del modelo geométrico, llamaba la atención la configuración orgánica de los grupos. Dado que el proceso de edificación estaría condicionado por la configuración completa de cada “ciudad óptima”, el programa de actuación aseguraría el control morfológico del plan, la extensión de la estructura terciaria y las previsiones equipamentales.

No obstante, era evidente que para controlar el fenómeno de dispersión, inducido por una polarización hacia un modelo de inversión poco regulado, se requería de un enorme esfuerzo de gestión y no se pudo concretar. No solo hacía falta desarrollar las infraestructuras de servicios necesarias para garantizar la operatividad del modelo, lo que requería de la coordinación de los intereses y programas de las grandes entidades paraestatales de servicios; sino que, además, la delimitación de los componentes urbanos determinada por el Plan Director, condicionaba las oportunidades de la propiedad particular; y, dependía, por tanto, de un proceso de consolidación que nunca llegaría a concertarse.

Figura 1017-03. Plano 34, Estructura Urbana Actual. Plan Metropolitano 2000-2021. Gobierno del Estado de Nuevo León, Monterrey, 2003. El plan fue redactado por Óscar Bulnes Valero y Helios Albalate Olaria. Las manchas de color anaranjado representan los grandes terrenos baldíos dentro del perímetro urbano. Por su parte, las moradas representan las industrias, y las azules los equipamientos colectivos más importantes. Las zonas residenciales, en color gris, tampoco estaban totalmente consolidadas, sino que tenían zonas sin urbanizar, en color blanco.

El fracaso de la implementación del Plan Director de 1967, supuso continuar con la expansión caótica, que documenta otro plano de la ciudad construida: el Plano 34, Estructura Urbana Actual, del Plan Metropolitano 2000-2021 (Fig. 1017-03). Los datos que arroja el crecimiento real de la conurbación al principio del siglo son contrastantes. Por una parte, la desaceleración económica del país y la región se reflejó en un incremento de la población del AMM menor al previsto; pero, por la otra, la asimetría con la superficie edificada fue considerable. “En 2000, según el Instituto Nacional de Estadística, la población del AMM es de 3 millones 236 mil habitantes y ocupa una superficie urbana total aproximada de 55 mil 803 hectáreas a razón de 58 habitantes por hectárea”5, alrededor de 15 viv/Ha. Es decir, que sin importar la desaceleración del aumento de población, el patrón de desarrollo extensivo que tenía la ciudad desde la industrialización del siglo XIX no se había detenido, sino que había aumentado; quizá, porque parecía asegurar una mayor eficacia económica, pero a costa de hipotecar una superficie cada vez mayor del territorio, comprometiendo no solo el equilibrio medioambiental sino la funcional del AMM.

A pesar que los documentos de planificación metropolitana tenían plena vigencia, la dispersión detectada al final de los años sesenta se había afianzado, como se deduce de la comparación de los planos de Exápolis 2000 y de la Estructura Urbana Actual del Plan Metropolitano 2000-2021. Si los accidentes orográficos determinaban todavía la morfología tentacular del AMM en las direcciones Noroeste, Sur y Sureste, la urbanización de las zonas con mayor dificultad topográfica parecía inminente; no solo en la base los cerros de la Silla y del Topo, sino en las faldas de la Sierra Madre, y en el cerro de las Mitras. Muy poco se había logrado para la preservación de los cauces fluviales que cruzaban la zona conurbana, y para las pocas zonas verdes naturales que quedaban en el árido paisaje urbano; sin embargo, parecía indispensable asegurar por lo menos la integridad del Parque Nacional Cumbres de Monterrey y el Cañón de Huajuco, que comenzaban a ser amenazadas también por la expansión irracional.

Aunque la mancha urbana había alcanzado el Anillo Metropolitano en algunas partes, quedaban todavía muchas zonas libres que, como veremos en el artículo de noviembre, constituían la siguiente frontera para la ordenación del territorio. Igualmente, se tendría que equilibrar la estructura de circulaciones: el sistema radial había reforzado muy desordenadamente, sin desarrollar suficientemente la interconexión transversal. Los establecimientos industriales también se habían multiplicado, sobre todo hacia el Noreste -donde se había localizado el nuevo aeropuerto-, y al Norte y el Noroeste junto al Anillo Metropolitano. Esta vía tenía una posición estratégica para la reconfiguración productiva del AMM.

El tejido residencial, que debía ser la materia prima de la calidad urbanística de una metrópoli moderna, estaba todavía más descuidado, en nada se asemejaba a la esmerada geometría orgánica de las “ciudades óptimas” del Plan Director de 1967. Fracturado y amorfo, estaba configurado por bolsas muy mal comunicadas y deficientes de equipamiento urbano. Si acaso, algunas de ellas tendían a reproducir el “nuevo urbanismo” que había descrito Koolhaas unos años antes. “Si tiene que haber un “nuevo urbanismo” (…) ya no aspirará a configuraciones estables, sino a la creación de campos de posibilidades que acomoden procesos y rechacen cristalizar en formas definitivas”6. Más que a un ideal geométrico, el planeamiento metropolitano parecía prepararse para responder a las oportunidades de un mercado globalizado.

En el siguiente artículo, que se concentra en las dos décadas del presente siglo, se completará el ciclo que analiza el planeamiento urbano del AMM que está siendo revisado por la Iniciativa de la Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León.






1. METROPOLISREGIA.COM | SEPTIEMBRE 2017
2. Se trata de la franja del territorio norteamericano comprendida entre el paralelo 37 y la frontera mexicana 
3. “Los Ángeles, por ejemplo, necesita siete veces más suelo que Brooklyn para albergar al mismo número de habitantes”. GARCÍA VÁZQUEZ, Carlos. Antípolis. El desvanecimiento de lo urbano en el Cinturón del Sol. Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 2011. Pág. 13, párr. 3 
4. GARCÍA ORTEGA, Roberto. Asentamiento irregulares en Monterrey, 1970-2000, Divorcio entre planeación y gestión urbana. Revista Frontera Norte, volumen 13, número especial 2. 2000. Pág. 123, párr. 2 
6. KOOLHAAS, Rem y MAU, Bruce, What ever Happened to Urbanism, en S, M, L, XL. 010 Publishers, Roterdam, 1995. Pág. 969 

El cambio de paradigma del planeamiento metropolitano de Monterrey I

SEPTIEMBRE 2017

En el artículo pasado de agosto, el análisis de la Exposición de Motivos de la Iniciativa de Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León, destacaba el fundamento técnico de las modificaciones de la legislación urbanística actual; es decir, las características morfológicas de la propuesta que trata de corregir el desorden urbano de la metrópolis regiomontana1. Ante esto, en las siguientes publicaciones de METROPOLISREGIA.COM se estudiará la coherencia del diseño que habrá de condicionar las actuaciones urbanas.

Sin embargo, en tanto que se discute y publica oficialmente la nueva ley, viene bien hacer una reflexión acerca de las determinaciones del planeamiento vigente en comparación con las características de las actuaciones que construyeron la conurbación regiomontana durante las tres últimas décadas el siglo XX y las dos primeras de éste. Quizá la revisión de estos aspectos, podría aportar alguna idea para controlar un proceso de expansión tan desordenado, que finalmente ha deteriorado la calidad de la vida urbana de la población.

LOS DOCUMENTOS DEL PLANEAMIENTO URBANO DE LA METRÓPOLI

Roberto García Ortega explica que al concluir el siglo pasado, solo el primer Plan Director de Desarrollo Urbano del Área Metropolitana de Monterrey, publicado en 1988, había logrado consensuar los planes de los municipios de la conurbación con los intereses de los grupos representados en el Consejo Consultivo de Desarrollo Urbano. Sin embargo este documento no se aplicó, como en su tiempo tampoco el Plan Director de 1967, que proyectaba ya el área metropolitana hasta el final del siglo. El plan de 1988 “ha carecido desde su origen de una bitácora sistematizada para darle seguimiento al cumplimiento de los programas y acciones previstas en el documento”2. En concreto, que como el plan de 1967 ha sido también letra muerta.

Figura 0917-01. Oscar BULNES VALERO, Helios ALBALATE OLARIA, Plan Metropolitano 2000-2021. Desarrollo urbano de la zona conurbada de Monterrey. Comisión de la Zona Conurbada. 2003. Portada de la publicación digital

Por eso, en el análisis que vamos a hacer debemos referirnos a las condiciones dictadas por otros documentos de publicación más reciente, entre los que citamos en orden cronológico los tres que consideramos más importantes: el Plan Metropolitano de Monterrey 2000-2021 (Oscar Bulnes Valero y Helios Albalate Olaria, 2003) (Fig. 0917-01)3; el Programa Estatal de Desarrollo Urbano Nuevo León 2030 (Fernando Gutiérrez Moreno, 2012)4; y el Plan de Desarrollo Urbano de Monterrey 2013-2025 (Gabriel Eugenio Todd Alanís, 2014)5.

No obstante, será necesario seguir prestando atención a lo que fue comentado acerca del Plan Director de 1967 (Exápolis 2000, Guillermo Cortés Melo, Helios Albalate Olaria, José Juan Ríos Leal y otros); que era el que se tenía previsto para ordenar el crecimiento metropolitano de Monterrey durante las décadas finales del siglo pasado (Fig. 0917-02). Así que, además de la Iniciativa de la nueva ley, únicamente los cuatro documentos citados han sido tomados en cuenta. Pese a que son de nivel jerárquico y territorial diverso y nunca fueron concertados suficientemente, expresan la disfuncionalidad entre el urbanismo ideal con el que se pretendía ordenar la metrópoli y la realidad urbana construida.


Figura 0917-02. El Plan Director de la Subregión Monterrey de 1967 (Exápolis 2000). La portada y la solapa del documento condensan gráficamente el diseño urbano de la futura metrópoli y las cabeceras municipales cercanas. El plan fue redactado por Guillermo Cortés Melo, con la colaboración de Helios Albalate Olaria desde 1963 hasta 1966, y de José Juan Ríos Leal a partir de 1967. Las manchas azules representan la ciudad existente en los años sesenta y las de color negro las principales industrias. Según esto, el diseño ideal de la metrópolis debía prevenir el desarrollo urbano en las cinco direcciones radiales históricas más importantes de la ciudad. (El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Portada y solapa)

Ahora bien, el estudio de la expansión de Monterrey a partir de la segunda mitad del siglo XX, es fundamental para entender los problemas que se derivan de la configuración actual de la metrópoli; que, obviamente, no se puede condensar en el espacio destinado a este artículo. Ya que se trata del complejo proceso de transformación de la capital industrial de México en una metrópoli financiera y de servicios global, mientras que la población aumentaba siete veces y catorce la superficie urbanizada6.

A pesar de la dificultad implícita, dado nuestro interés por revisar únicamente los aspectos del diseño urbano que han influido en una expansión tan espectacular, consideramos que restringir el análisis a los documentos de planificación citados queda justificado. De cualquier forma, dividiremos este breve estudio en tres partes que habrán de cubrir los artículos de septiembre a noviembre de METROPOLISREGIA de este año. Ésta primera parte amplía la explicación de las condiciones previstas por la Exposición de Motivos de la Iniciativa de la ley, la segunda de octubre explicará el período de la expansión metropolitana que termina el siglo XX, y la tercera de noviembre el que corresponde al siglo presente.

LAS NUEVAS CONDICIONES DEL DISEÑO URBANO DE LA METRÓPOLI

Comenzamos por tanto subrayando que la Exposición de Motivos de la Iniciativa de la Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano, expone las contradicciones del proceso de planificación de Monterrey en el arco de tiempo al que nos hemos referido, que ineludiblemente deberá confrontarse en la nueva redacción de la ley7.

Como se ha repetido, este documento ha descalificado el modelo de crecimiento extensivo, así como los programas públicos de vivienda social que en general contribuyeron al desorden urbano. Y, esto, no solo porque fracturaron la cohesión física y social de la metrópoli; sino por haber distorsionado el mercado, propiciando una expansión urbana irracional y la proliferación de asentamientos periféricos precarios e irregulares. Pero, además, el texto reconoce que el modelo más adecuado para nuestra tradición cultural sería el compacto; ya que con él, se podría facilitar la incorporación de “una lógica de servicios de proximidad, esquemas de financiamiento adecuados, asistencia técnica y financiera a quienes auto producen su vivienda; y el desarrollo de nuevos mercados como el arrendamiento, el arrendamiento con opción a compra (leasing) y el intercambio de vivienda usada, propiciando distintas formas de tenencia y garantizando la seguridad de la misma”8. Aspectos que considera indispensables para recuperar la ordenación de la metrópoli.

Por otra parte, es evidente que la expansión desordenada habría sido el resultado de un planeamiento demasiado abierto al diseño urbano de las actuaciones, que los promotores prefirieron desarrollar con las características del modelo de tipo extensivo, dado que tenía mayor arraigo cultural entre la población desde el final del siglo XIX. Así como a programas de vivienda, que las autoridades justificaron más en la estadística que en la estructura socioeconómica de la región; es decir, que para su implementación se omitió una evaluación concienzuda de las consecuencias que podrían tener la poca solvencia de la demanda o los excedentes de una oferta sin control, propiciando el acaparamiento del suelo urbanizable y la aparición de un mercado inmobiliario de tipo especulativo para la vivienda social9.

Pero, además, abundando ahora en la insuficiencia de los documentos del planeamiento urbano para conducir ordenadamente las actuaciones urbanas, la experiencia demuestra que la sola publicación de una zonificación funcional -aun contando con una matriz de compatibilidades específica como las que complementan el plano de usos de suelo-, ha sido ineficaz tanto para el control del crecimiento como para la cualificación del ámbito en el que se desarrolla la vida urbana. Y, por ello, la revisión de la legislación actual debería no solo replantear las condiciones funcionales con las compatibilidades y la densidad edificatoria más convenientes, sino rescatar las otras condiciones morfológicas que históricamente han distinguido a la ciudad, que son las que podrían materializar la lógica de proximidad a la que alude la Iniciativa.

Condiciones que aunque posteriormente serán analizadas más detenidamente, por ahora solo son enunciadas. Es indispensable por tanto asegurar la preservación del medio ambiente, sujetando el diseño urbano a los condicionantes territoriales. No lo es menos, recuperar el equilibrio físico en el conjunto urbano: proyectando una estructura de movilidad que vincule adecuadamente todos los tejidos, e insertar en ellos espacios destinados exclusivamente a los equipamientos sociales y las áreas verdes públicas, que sean determinados en proporción con la población. Finalmente, es necesario abordar, con razonable flexibilidad, la especificación de las características de volumen y forma de la ciudad.

Tanto los condicionantes (geográficos e históricos) como las características del diseño urbano que les corresponde, que o son enunciadas directamente o pueden deducirse de la Iniciativa de la nueva ley, constituyen el fundamento de lo que se ha denominado el urbanismo ideal de la metrópoli, en contraste con la realidad urbana construida, que ha dejado al descubierto la disfuncionalidad a la que nos referíamos al principio de este artículo y serán estudiadas en los dos siguientes.
Por eso, a partir del estudio de los cuatro documentos citados, será posible contrastar el desorden del desarrollo metropolitano en dos períodos: el primero que inicia al final de la década de 1960 hasta el comienzo de este siglo XXI; y, el segundo, que completa el análisis hasta el día de hoy (Fig. 0917-03).


Figura 0917-03. Plano 43. Imagen Objetivo 2021. Plan Metropolitano 2000-2021. Gobierno del Estado de Nuevo León, 2003. Corrigiendo el proyecto de 1967, la Imagen Objetivo 2021 dibuja el diseño ideal de metrópoli en ese año






1. Cfr. Iniciativa de Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León, https://www.facebook.com/events/1494764970595483/
2. Roberto GARCÍA ORTEGA, Asentamientos irregulares en Monterrey en Frontera Norte volumen 13, número especial 2, 2001. Pág. 121, párr. 4 
3. 200.23.43.29/pdf/Plan_Metropolitano_2021.pdf
4. 200.23.43.29/pdf/Programa_Estatal_de_Desarrollo_Urbano_Nuevo_Leon_2030.pdf
5. portal.monterrey.gob.mx/pdf/2013_2025.pdf
6. Entre 1950 y 2000, la ciudad sustituye la actividad económica preponderante de la siderurgia, por la más productiva y diversificada de las manufacturas y los servicios, pasando de 500,000 a 3’374,000 habitantes y de 4,000 a 56,000 Ha de suelo urbanizado
7. La redacción final de la ley deberá compaginar el texto federal con el estatal en un plazo que se ha vuelto apremiante
8. Exposición de Motivos de la Iniciativa de Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León. Monterrey. 2016
9. Cfr. Exposición de Motivos de la Iniciativa de Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León. Monterrey. 2016



Iniciativa de Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León

AGOSTO 2017


La reflexión que se hizo con ocasión del aniversario de la publicación del Plan Director de Monterrey de 1967 Exápolis 2000 en los artículos de junio y julio, ha servido para contrastar el proyecto de ciudad que proponían Cortés Melo y sus colaboradores hace cincuenta años, con el desorden urbano actual de nuestra metrópoli. Pero, al mismo tiempo, como preparación para este artículo de agosto que revisa la Iniciativa de la Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León, que será próximamente sometida a discusión pública; aunque debe adecuar la normativa estatal a la legislación federal, tiene también como objetivo solucionar el desorden actual, replanteando ciertas características del modelo de desarrollo urbano vigente.

Como es lógico, no está dentro de nuestras posibilidades hacer un comentario técnico legal -en todo caso, debe dejarse a los expertos, los más reconocidos son los de la Sociedad de Urbanismo Región Monterrey, A. C. (SURMAC)-; sino, más bien, el análisis morfológico de la propuesta de la nueva legislación. Por ello, nos centraremos en el contenido de la Exposición de Motivos de la iniciativa, que busca explicar los errores del desarrollo urbano del país durante el siglo pasado; y, por consiguiente, lo que debería corregirse de él, que se precisa en el cuerpo del documento.

Figura 0817-1. José María VELASCO, Pirámide del Sol (vista desde la Pirámide de la Luna, Teotihuacán), 1878 (óleo sobre tela)
Figura 0817-2. José María VELASCO, El Valle de México visto desde el Cerro de Santa Isabel, 1875 (óleo sobre tela)
Ante todo, parece justo celebrar, que el análisis crítico del texto parte de un compromiso con la dualidad histórica del Urbanismo mexicano. Con el modelo urbano prehispánico, y su ordenación de una estructura representativa (cosmogónica) (Fig. 0817-1); y, más específicamente, con el modelo urbano novohispano1; que matizando el prototipo de la legislación colonial, asume algunos de los rasgos del primero (Fig. 0817-2); para, desde una posición más firme pero contemporánea, referir las incongruencias que se produjeron en el planeamiento, como consecuencia del crecimiento de la población urbana y la transformación funcional de la grandes ciudades mexicanas del siglo XX.

Como se puede comprobar, se trata de lo que METROPOLISREGIA ha venido exponiendo acerca del desarrollo urbano de Monterrey en los artículos anteriores de este año. No obstante, nos proponemos ahora no solo compartir una retrospección enriquecida por la historia del Urbanismo, sino evaluar la congruencia, y por tanto la pertinencia, de la propuesta implícita en la ley. Ya que -como es del conocimiento público-, ha empezado a ser comentada en diferentes niveles de las instancias oficiales, profesionales y civiles, y en los medios de comunicación.

El desarrollo territorial y urbano de las ciudades mexicanas del siglo XX

La Exposición de Motivos de la Iniciativa, se inicia describiendo el fenómeno del aumento de la población en las zonas urbanas de México; la cual, como en otros lugares, dejó de ser mayormente rural durante la segunda mitad del siglo XX2. Pero, si la población urbana del país era un poco menor de 30% en 1950, en 1980 ya superaba 60 %, y 72% en 2010; se estima que más de 80% de los mexicanos vivirá en asentamientos urbanos en 2030. Sin embargo, por la falta de los instrumentos del planeamiento adecuados, junto con el aumento de la población urbana se derivaron otros fenómenos, que han dado al traste con la cohesión y el funcionamiento de las ciudades.

Por una parte, durante el proceso de crecimiento, la población se fue acumulando más en las ciudades grandes, como resulta patente en los asentamientos del Valle de México que rodean la capital de la República, y los de las capitales de los estados de Jalisco y Nuevo León3 (Fig. 0817-3, 4 y 5). Ya 37% de la población total del país vivía en alguna de las 10 ciudades con más de un millón de habitantes en 2010; pero 31% de una población urbana de más de 114 millones, vivirá en ciudades todavía más grandes en 2030, en asentamientos que tendrán entre 1 y 5 millones de habitantes. Además, por otra parte, a la distorsión acumulativa mencionada se añadió el aumento desproporcionado de la superficie urbanizada. Si la población en las ciudades más grandes, en promedio se había triplicado entre 1980 y 2010, su extensión se había multiplicado por varias veces más4.

Figura 0817-3. Vista aérea de la zona de Santa Fe (Ciudad de México)
Sin embargo, aunque los movimientos del campo a la ciudad van disminuyendo, “el crecimiento de las ciudades continuará de manera natural con el crecimiento de la población. [Pero,] si continuamos con el actual modelo urbano –se nos advierte-, en los próximos treinta años, la ciudad seguirá creciendo artificialmente de manera horizontal, y como consecuencia, viviremos en ciudades más dispersas y con mayor segregación social”5.

Figura 0817-4. Vista aérea de la zona de Puerta de Hierro, Zapopan Jalisco (Guadalajara)
Así que, de no modificarse la tendencia, el crecimiento urbano de los próximos años, aunque cuantitativamente fuera menor, llegaría a ser poco sostenible; porque “se verá acompañado de profundos y rápidos cambios cualitativos en la relación de las sociedades locales y regionales con sus territorios”. Y, se reitera que “si prevalece el patrón territorial actual en las ciudades mexicanas, esta concentración provocará incrementos en las distancias y los trayectos, y crecerán las externalidades negativas o costos sociales por el imperativo de mayor conectividad espacial; afectando el medio ambiente, y agudizando la inequidad y la desigualdad socio-económica”6.

 Figura 0817-5. Vista aérea de la zona de Valle Oriente de San Pedro Garza García, N. L. (Monterrey)

Al analizar las causas, el documento atribuye sin rodeos el desorden urbano a una regulación equivocada de la producción nacional de vivienda social, que ha estado orientada hacia los aspectos más cuantitativos del problema; a la satisfacción inmediata de una demanda, no obstante que permanece inalcanzable con el ritmo de crecimiento de la población del país. “La regulación a la vivienda produjo enormes conjuntos habitacionales, compuestos de miles de pequeñas viviendas unifamiliares, construidas con base en modelos que se repiten a lo largo del país sin considerar las características y las necesidades de los diferentes tipos de hogares que actualmente existen; es decir, se edificó un parque habitacional sin condiciones de habitabilidad adecuadas, que ha incrementado las desigualdades en el acceso a la vivienda y ha aumentado la segregación y exclusión social”7.

Y, como consecuencia negativa de ese modelo urbano e inmobiliario, se puede deducir que el énfasis casi exclusivo en la producción de vivienda, ha impedido un desarrollo regional y urbano saludable. “En México, las restricciones erradas en el uso del suelo han desplazado a la gran mayoría de las personas -principalmente a aquellos de menor ingreso-, hacia las zonas más lejanas del centro de la ciudad; lo anterior, debido a la insuficiente oferta de vivienda y a los exorbitantes precios que de estas restricciones y de otras regulaciones se derivan, y que sólo pueden ser cubiertas por aquellos de más altos ingresos. (…) Además, este desplazamiento supone elevados costos para aquellos ciudadanos que han sido marginados en las periferias. [Aunque,] por otra parte, estas manipulaciones regulatorias y, en particular, los límites a la edificación vertical distorsionaron el funcionamiento del ecosistema urbano. De este modo, se provocó un efecto no previsto e indeseable: el crecimiento exponencial, disperso y segregado del tejido urbano”8.

Ahora bien, esta fragmentación del tejido urbano, puso de manifiesto la falta de tino planificador de los agentes responsables del desarrollo. Ya que, “el modelo urbano y las políticas públicas, (…) se han equivocado en la forma de interconectar a las personas en la ciudad. Primero, porque se han enfocado en una zonificación urbana que alejó a las familias de sus centros de trabajo, escuelas y servicios de todo tipo; segundo, porque han priorizado la movilidad en automóvil, sin considerar, alternativas de transporte colectivo o transporte no motorizado, sobre todo las enfocadas en la movilidad peatonal. (…) Las ciudades en México diariamente son transitadas por millones de automóviles, que contaminan la atmósfera y congestionan las vialidades; pero que a la vez, son la única alternativa que las personas encuentran para hacer frente a un modelo urbano errado; al mismo tiempo, las acciones y las obras públicas tienden a favorecer la movilidad en el automóvil individual, al concentrar los proyectos y los recursos en pasos a desnivel, carreteras urbanas y periféricos y no en transporte público y no motorizado”9.

El análisis concluye, atinadamente, que “este crecimiento acelerado de las ciudades en México es muestra de la incapacidad del actual modelo urbano para anticiparse al crecimiento de éstas, y de su incapacidad para permitir un crecimiento compacto e incluyente”. Por eso, “los planes de desarrollo urbano enfrentan dos paradojas: al estar basados en el modelo dominante de urbanización que se caracteriza por ser inequitativo, disperso, desordenado e insustentable, han impedido un crecimiento incluyente y ordenado en las ciudades; igualmente, al no ser instrumentos de decisión para organizar las ciudades, se convierten en letra muerta, dejando en las fuerzas del mercado (...) buena parte de las decisiones de localización”10.

La Iniciativa adelanta también algunas condiciones de la solución. “Los esfuerzos de contener de manera artificial la dispersión de las ciudades no funcionan, pues pretenden atacar los síntomas y no las causas. Mientras se impida el crecimiento compacto de las ciudades, los habitantes (de manera regular o irregular) tenderán a asentarse en las periferias. [Por tanto,] se debe tomar conciencia que las innovaciones para el desarrollo urbano deben incluir una lógica de servicios de proximidad, esquemas de financiamiento adecuados, asistencia técnica y financiera a quienes auto producen su vivienda, y el desarrollo de nuevos mercados como el arrendamiento, el arrendamiento con opción a compra (leasing) y el intercambio de vivienda usada, propiciando distintas formas de tenencia y garantizando la seguridad de la misma11.

En definitiva, “el reto es lograr un modelo de urbanización y metropolización, que sea producto del acuerdo entre la sociedad y el gobierno, que tenga visiones de largo plazo y que sea integral al considerar todas las dimensiones del desarrollo urbano; que se adapte a los ciudadanos, que reconozca la gran diversidad humana”12.

No se puede dejar de agradecer el aire fresco que aportan algunas de las ideas vertidas en del documento, que contribuyen a salir de la asfixia urbanística actual. Sin embargo, interesa enfatizar dos aspectos fundamentales que pudieran obviarse o pasar desapercibidos, que seguirán presentes en estas disertaciones de METROPOLISREGIA.

Figura 0817-6. Mario PANI, Conjunto habitacional Nonoalco-Tlatelolco, 1965

En primer lugar, se debe destacar que la descalificación del modelo de ciudad extensiva que promueve la Iniciativa de la Ley, no debe hacerse en términos absolutos, ni siquiera en cuanto al desarrollo de vivienda de tipo social; como tampoco puede recomendarse a ciegas el modelo de la ciudad vertical, que ya tienen algunas de las ciudades más grandes del país, que se funda en una apreciación sociológica equivocada. Pero, el segundo de los aspectos es, sin lugar a dudas, el que debe iniciar el proceso de rescate de la ciudad mexicana. Se trata de la preparación y el seguimiento de un plan para la ordenación territorial y urbana de las zonas metropolitanas, que conjugue necesariamente los aspectos físicos con los sociales y económicos. Ya que, en el trasfondo de la incongruencia urbanística que padecemos hoy, se nota la ausencia de ese documento unificador.

Quizá el mayor peligro que tenemos por delante, sería continuar la miopía actual que implementa soluciones parciales pero imprecisas. Es verdad que la ordenación territorial y urbana solo puede llevarse a cabo por partes, desarrollando planes parciales concretos; pero la precisión, la certidumbre ordenadora, solo la puede aportar el plan estructurante, que conjugue las diversas disciplinas que involucra la planificación. Sí, es urgente hacer las modificaciones a la legislación; pero, por esa razón, es indispensable concretar el planeamiento. ¿De qué podría servir revisar apuradamente la legislación, preparar el contenido, por adecuado que pudiera parecer para un desarrollo regional y urbano ficticio, sin disponer del continente; es decir el modelo físico, el plan de ordenación? Parece más razonable proceder a la inversa. Sin dejar de fijar el rumbo y mirar el futuro, debemos utilizar el espejo retrovisor y confrontar los factores de desorden que deformaron nuestras ciudades.










1. “La traza básica de la mayor parte de las ciudades mexicanas a partir del siglo XVI, respetó un conjunto de parámetros y normas que permitieron patrones territoriales compactos con infraestructuras continuadas y teniendo al espacio público: la calle, la plaza, el parque, el atrio, como lugar de encuentro y convivencia social”. Exposición de Motivos de la Iniciativa de Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León. Monterrey. 2016
2. “El crecimiento de nuestras ciudades se caracteriza por los asentamientos irregulares, los grandes conjuntos habitacionales alejados de los núcleos urbanos, el crecimiento hormiga en las zonas aledañas a la mancha urbana y en menor medida el reciclamiento y la re densificación”.Ibídem
3. La concentración del aumento de la población urbana en las ciudades más grandes podría explicarse por la profunda desigualdad con las condiciones de vida de la población rural. “La población urbana es más próspera, tiene mayores salarios, mejor acceso a los servicios de salud, mayor nivel educativo y más satisfactores cotidianos a su servicio”. Ibídem
4. La ratio crecimiento de población/crecimiento de la mancha urbana de la zona metropolitana fue: en el Valle de México, 142%/357%; en Guadalajara, 198%/382%; en Monterrey, 199%/490%; en Tijuana, 358%/437%. Sin embargo, los casos más agudos se presentaron las ciudades de Puebla-Tlaxcala 246%/1258% y Toluca 341%/2690%
5. Exposición de Motivos de la Iniciativa de Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León. Monterrey. 2016
6. Ibídem
7. Ibídem
8. Ibídem 
9. Ibídem
10. Ibídem
11. Ibídem
12. Ibídem

Cincuenta años del Plan Director de Monterrey (segunda parte)

JULIO 2017

Para conmemorar cincuenta años de la publicación del Plan Director de Monterrey de 1967 (Exápolis 2000), en METROPOLISREGIA.COM | JUNIO 2017 se inició el análisis de las principales propuestas del plan, que corresponde culminar en este artículo.

En la primera parte, publicada en junio, se describe la propuesta fundamental de los redactores, los arquitectos Cortés Melo, Albalate Olaria, Ríos Leal y otros: desarrollar el área metropolitana de Monterrey como un conjunto de seis ciudades contiguas casi independientes, con una “estructura federativa orgánica” (Cortés Melo)1; para la que se había estimado una población que superaría cinco millones de habitantes al final del siglo XX, con una superficie aproximada de cuarenta mil hectáreas, restringiendo la expansión irracional que había comenzado desde los años cuarenta2.

En esta segunda parte de julio, resta por explicar las características que tendrían tales “ciudades federación”: las condiciones de un planeamiento de “nivel óptimo” (Bardet) con el que según los redactores del Plan, se lograría “el desarrollo tanto de la comunidad como de la persona en todas las etapas y formas de la vida social, y a la vez se obtiene la mayor eficiencia urbana general en los demás aspectos”3.

Finalmente, y haciendo frente a la inobservancia de las recomendaciones del Plan Director de 1967, conviene hacer una valoración del proyecto en su conjunto y de la desviación posterior del planeamiento metropolitano de Monterrey.

Figura 0717-1. El Plan Director del Plan Regulador de la Subregión Monterrey de 1967, Guillermo Cortés Melo y colaboradores. Al final del siglo XX, incluida la Ciudad Central existente (color rojo), la metrópoli estaría compuesta por seis ciudades federación (Exápolis 2000). La expansión de las zonas industriales (sombreado color gris) y la de las zonas de vivienda de cada ciudad federación (color rosa) se desarrollan a partir del sistema de comunicaciones radial de la Ciudad Central. Los núcleos terciarios de equipamientos (color verde) son la estructura física y funcional de las zonas de vivienda


LAS CARACTERÍSTICAS DE LA CONFIGURACIÓN DE EXÁPOLIS 2000

A los parámetros de población y superficie urbanizable mencionados antes, la propuesta de Exápolis 2000 reconoce otros condicionantes de una peculiar configuración tentacular, contenida por el trazado del anillo de circunvalación metropolitano (Fig. 0717-1).

Por una parte, se considera que el planeamiento de la ciudad debe dar respuesta a la afinidad social natural de todo ser humano, lo cual se logra con el escalonamiento comunitario vecinal. Porque, para el pleno desarrollo social del hombre, es indispensable “pertenecer a varios grupos además del grupo familiar. Estos grupos son de dos tipos, los grupos de actividad (tales como los laborales, recreativos, políticos, religiosos, culturales) y los grupos vecinales”4. Por eso, “cualquier estructura urbana debe planearse, idealmente, desde el grupo vecinal más elemental, el llamado “escalón patriarcal”, grupo de 10 a 15 familias (…), hasta los grupos urbanos más complejos y completos: las ciudades óptimas y la ciudad federación, pasando por los grupos intermedios como el escalón doméstico y el barrio”5.

Por la otra parte, la “estructura federativa orgánica” que se ha dicho, debe amoldarse al entorno geográfico propio. Ya en el artículo de junio se explica los condicionantes de la orografía, las barreras naturales para el crecimiento radio concéntrico de la Ciudad Central, que constituyen las montañas y los cerros que rodean Monterrey. Pero, a estos, el proyecto de Exápolis 2000 añade los cauces de la cuenca hidrográfica, que se destinan para zonas verdes públicas de las ciudades federación. Los cauces del Río Santa Catarina -en su recorrido por los municipios de Santa Catarina, San Pedro y Monterrey-, del Río La Silla -a lo largo de Monterrey y Guadalupe-, y también los de los arroyos más importantes que absorbería la expansión de la metrópoli hacia el Norte. Aunque, quizá por pensar la ciudad como “unidad ecológica de orden superior”, el más importante de todos sería la preservación del humedal que se formaba entre los cauces cerca de la confluencia de los ríos Santa Catarina y La Silla, al Oriente del municipio de Guadalupe6.

Asimismo, por sus características tanto topográficas como hidrográficas, el Plan Director propone condicionar para usos no-urbanos otras dos importantes extensiones suburbanas: el Cañón de Huajuco, al Sureste del cruce del Río La Silla, que había sido decretado parque nacional7, y al Noreste de la Ciudad Central una zona para uso agrícola entre los municipios de San Nicolás y Apodaca8 ; que, pese a la reorientación terciaria de la economía regional, en ninguna de ellas adopta los objetivos señalados.

Así que, partiendo de una preconcepción de la estructura social (Bardet), así como de los condicionantes geográficos territoriales, el Plan Director de Monterrey desarrolla el modelo geométrico de la expansión de la metrópoli futura, de las seis ciudades federación mencionadas; en las que la configuración tentacular se justifica por la disposición radial histórica de las vías de comunicación (Poëte), aunque induciendo a partir de ellas cierto tipo de crecimiento direccional controlado (Doxiadis).

Sin embargo, si la disposición radial de las vías de comunicación determina naturalmente la estructura principal de las ciudades federación, la transversal de ellas define el programa de actuación del planeamiento urbano, el ordenamiento escalonado de la comunidad. Es decir, la secuencia del desarrollo de las Ciudades Óptimas en el tiempo,  constituidas a su vez, por los componentes urbanos de las diferentes escalas de la topografía social (Bardet) (Fig. 0717-2).

Pero la ordenación óptima de los componentes asegura la operatividad del Plan, ponderando ciertos aspectos cualitativos además de los cuantitativos9. Por ello, cada una de las ciudades federación prevé por separado las zonas para vivienda futura y para la expansión industrial. Ésta queda circunscrita tanto por la estructura radial motorizada, que viene de la Ciudad Central, como por las vías del ferrocarril; y está en tal posición, que las condiciones de ventilación natural reducen los efectos nocivos de la contaminación atmosférica en las zonas de vivienda.

Por su parte, la zona prevista de vivienda futura de cada ciudad federación la constituye un grupo de ciudades óptimas, un racimo de unidades completas. Solo la contigüidad de todas ellas garantiza el funcionamiento óptimo: el acceso desde la vía radial, la cohesión de los tejidos y la disponibilidad de los equipamientos colectivos que conforman la estructura urbana. “Cada ciudad federación del conjunto principal está constituida por una federación de 6 a 9 ciudades óptimas que utilizan (y se estructuran con respecto a) un centro terciario donde se encuentra aquel equipamiento no costeable a la escala de cada ciudad óptima”10. La población de la Ciudad Central se prevé para 1.550,000 habitantes (11,371 Ha), y la de las cinco ciudades federación varía entre 460,000 y 920,000 habitantes (3,488-6,813 Ha).


Figura 0717-2. Croquis de una ciudad federación de Exápolis 2000. El sistema de comunicaciones radial de la Ciudad Central determina la disposición de los componentes y el programa del Plan. La zona industrial está separada de la vivienda. El centro terciario, la estructura física y funcional de la ciudad federación, lo constituyen los equipamientos comunitarios rodeados por una extensa zona verde, que alcanza a todas las ciudades óptimas. Zona Industrial (ZI). Ciudad Óptima (CO). Espacio Verde (EV). Centro Comercial (C). Núcleos de equipamiento sanitario, educativo, deportivo y social: el Núcleo 1 (N1) debía tener Hospital, Universidad, Centro Universitario, Estadio y Centro deportivo. El Núcleo 2 (N2), Parque público, Clínica, Centro religioso y otro Centro Universitario. El Núcleo 3 (N3), Clínica, Centro de Espectáculos y el Edificio Administrativo. Cerca de la Ciudad Central debía estar el Centro Comercial y en el perímetro de las ciudades óptimas pequeños cementerios.


Pero, la atención del diseño urbano se orienta principalmente en la solución de los centros de equipamiento comunitario de cada ciudad federación; porque “estructuran a las zonas de vivienda de una manera general, tanto física como funcionalmente, pues agrupan gran parte de los elementos atractivos de las ciudades y son la sede de importantes fuentes de trabajo”11. Como es lógico, para el caso de la ciudad existente la dotación solo sería complementaria12; pero, para los demás, la configuración lineal acompañaría el desarrollo de las ciudades óptimas. Además, en correspondencia con esto, “la vialidad se estructura a base de un eje longitudinal más o menos radial con respecto a la Ciudad Central, que bordea las zonas de equipamiento terciario (en forma de dos arterias paralelas), y un conjunto de arterias sensiblemente perpendiculares a éste, que corresponden a las arterias de los centros y los límites de las ciudades óptimas de cada ciudad federación13.

Los siguientes niveles del escalonamiento urbano, que excluyen las zonas industriales de las ciudades federación, repiten la solución equipamental. Continúan la configuración centralizada y orgánica en los núcleos terciarios, dotados con los equipamientos comunitarios indispensables para el funcionamiento diario (Fig. 0717-3 a 0710-5). Las ciudades óptimas (10-18 barrios) conformadas por los barrios (500-2,000 familias) y, a su vez, por los grupos domésticos de viviendas (80-200 familias).

Figura 0717-3. La Ciudad Óptima de Exápolis 2000. Cada sería un racimo de barrios enlazados por un gran espacio verde con los equipamientos necesarios y con circulaciones peatonales separadas de las motorizadas. En la articulación del racimo de barrios se debía localizar el centro comercial (C) y un Teatro (T). Cada ciudad debía contar con dos núcleos educativos (N1) con una Escuela Técnica y una Preparatoria. También debía tener una zona de entretenimiento (N2) principalmente constituida por salas de cine. El núcleo de servicios públicos (N3) tendía un Centro de Salud, un Centro Social y un Edificio Administrativo


Figura 0717-4. Las Unidades de Barrio de Exápolis 2000. Los barrios se conformaban por un conjunto de grupos domésticos cuyos equipamientos estaban contenidos en una zona verde (EV) que continuaba la de la Ciudad Óptima. En la articulación de los parques había una zona para el comercio de diario (C) muy cercana a un núcleo de servicios (N1) con una clínica pequeña, una Escuela Secundaria, la Iglesia y el Edificio administrativo; mientras que podía está un poco más alejado de éste otro núcleo (N2) con otra clínica, el Centro Social, la Escuela Primaria y el Jardín de Niños

Figura 0717-5. Los Grupos domésticos de Exápolis 2000. Las unidades de barrio se configuraban con grupos domésticos alrededor de una zona verde (EV) con un parque (P) y una pequeña zona de comercios (C) asociada a las vías de circulación vehicular pero independiente de las peatonales que comunicaban los equipamientos y el grupo de viviendas (V)

Por último, es necesario mencionar, que los redactores eran concientes plenamente, que la realización del proyecto estaba condicionada por muchas operaciones inmobiliarias que permitieran disponer del suelo para desarrollar el plan de Exápolis 2000. Y, para asegurarlo, proponen afectar una cantidad muy importante de suelo ejidal y particular de la periferia de Monterrey (Fig. 0717-6). Debido a que la factibilidad dependía absolutamente de la consolidación de la propiedad, de gestiones cuya escala y complejidad no tenían precendente en la ciudad; quizá por esto, como se mencionó, los obstaculos resultaton infranqueables.


Figura 0717-6. 1. Adquisición de 1,300 Ha para los centros terciarios de las ciudades federación. 2. Distribución de 6,240 Ha para grupos de familias de escasos recursos. 3. Permuta de 2,300 Ha ejidales. 4. Adquisición de 370 Ha para usos terciarios. 5. Construcción de la vía férrea a la zona industrial Noroeste. 6. Desviación de la vía férrea Monterrey-Laredo


Unas cuantas líneas más son suficientes para concluir lo comentado hasta ahora acerca del Plan Director de Monterrey de 1967. Lo primero queda contenido en los dos artículos que conmemoran la publicación del plan. Que el proyecto postula para la capital industrial de México diversas teorías del urbanismo estadounidense y europeo, que tuvieron cierta relevancia a través del siglo XX.

Los criterios de la segregación funcional del planeamiento, y los de la expansión de las ciudades mediante la agregación de unidades de barrio que defendía Mumford, ya no eran extraños al desarrollo urbano local. En cambio, sí lo eran las teorías de la topografía social de Bardet; tanto como las del crecimiento direccional que, aunque apoyadas en otras del crecimiento lineal anteriores (Soria, Poëte, Le Corbusier, etc.), en esa época Doxiadis difunde desde Estados Unidos con el nombre de “ekística” alrededor del mundo. Y, que, parece sugerir el diseño de Exápolis 2000 en las direcciones radiales de Monterrey.

Lo segundo es todavía más destacable, la validez permanente de los criterios que sostienen el proyecto de Cortés Melo. Lo determinante se toma de algunas de las teorías de Bardet; consiste, nada menos, que en la fundamentación antropológica de la disciplina del urbanismo. Dado que ésta debe dar respuesta a la condición social del ser humano, aunque la afirmación pueda juzgarse como demasiado categórica, el beneficio colectivo es la condición para la consecución del individual. Que en el diseño urbano se traduce dando valor estructurante a los centros terciarios de los diferentes escalones comunitarios.

Otro aspecto de gran relevancia contemporánea, es indudablemente el reconocimiento que el proyecto hace de las preexistencias, de los valores que aporta la historia a la ciudad contemporánea (que entonces en Europa empezaban a rescatarse de la eclosión del urbanismo racionalista). Por eso el proyecto se adapta a las condiciones naturales del lugar: a las orográficas, las hidrográficas y las climatológicas, también a las concernientes al descanso y el ocio de la metrópoli. Asimismo, se adapta a las restricciones de la antropización: las vías de comunicación, la ciudad existente, etc.; que se conforman, como se ha visto, con la propuesta morfológica.

En definitiva, que a pesar que Exápolis 2000 pudiera contarse como uno más entre los grandes proyectos urbanos que planeaban la totalidad de la ciudad, Cortés Melo -no sin razón- califica de orgánico el diseño de la metrópoli futura; referenciando con ello la dimensión espacial prevista por el plan, a las modificaciones que se producen en el tiempo, el programa del planeamiento, para mejorar lo previsto. Así que, como ya se dijo, la soltura del trazado de los componentes urbanos, más que hablar de indeterminación, dice de cierto grado de flexibilidad que requieren los instrumentos del planeamiento.

Por eso, es conveniente terminar esta valoración diciendo que, ante los malos resultados urbanísticos del desarrollo tan indisciplinado como caótico que ha tenido el Área Metropolitana de Monterrey desde la segunda mitad del siglo XX; los responsables actuales del crecimiento y de la conservación de la conurbación regiomontana (las autoridades y la propiedad), pudieran reconsiderar para su regeneración, tantos aspectos positivos como los que contiene el Plan Director de 1967.







1. “According to the urban structural organization, the Comprehensive Plan proposes an expansion of the city through six carefully structured “Federation Cities”. These six cities would have the industry, commerce and related facilities necessary to function as semi-autonomous urban units. Each “Federation city” would be organized to follow the hierarchical organization of optimum cities, neighborhoods, domestic groups. These six “Federation cities” would together form what is called “Exapolis 2000” (exa=six, polis=city) denoting the ultimate development of the metropolis by the year 2000. The total of the Exapolis in the year 2000 is expected to be 5.2 million”. Jacques RODRIGUEZ, Thesis: Redevelopment of an urban area in Monterrey, Mexico. Rice University, Houston, 1971. Pág. 21, párr. 1
2. “Logically the only way to house more people is either to extend the present pattern of sprawl and cover vastly more land, or to use less land and increase its carrying capacity. I believe the latter is the correct approach and should be pursued by the government an planning officials of Monterrey simply because higher density solutions to housing are less costly, make more efficient use of city land, and economic development allow of infrastructure and facilities. Also more people can live closer to jobs, schools, and other necessities”. Ibídem. Pág. 31, párr. 2
3. El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Pág. 73, párr. 2
4. Ibídem. Pág. 46, párr. 6
5. Ibídem. Pág. 47, párr. 2
6. “Facilita espacios recreativos sub-urbanos a la población de ese rumbo”. Ibídem. Pág.45, párr. 5
7. Se encuentra dentro del área decretada como Parque Nacional Federal. Grandes atractivos naturales para la recreación de la población del Área Metropolitana. El desarrollo bien encausado de los alrededores de la Presa de la Boca puede convertir esta área en un gran centro recreativo y turístico. Su uso como zona habitacional no sería recomendable por no tener posibilidad de contar con centros de trabajo industriales cercanos. Ibídem. Pág. 45, párr. 4
8. No es conveniente como zona de desarrollo habitacional debido a la contaminación atmosférica producida por el área industrial. En cambio, (…) permite un amplio desarrollo como zona forrajera. El actual Ejido del Canadá podría ser ventajosamente desplazado hacia estas áreas”. Ibídem. Pág. 45, párr. 6
9. “Ciertos aspectos cualitativos sobre los grupos de ingreso, la estructura ocupacional general y la estructura por grupos de edades. Tales aspectos son relevantes para la estimación de áreas de terreno para la construcción de la vivienda, para estimar las necesidades de servicios educativos (y áreas respectivas), estimación de áreas de trabajo (especialmente las de tipo industrial), estimación de áreas para vialidad y tránsito, etc.” Ibídem. Pág. 30, párr. 2
10. Ibídem. Pág. 45, párr. 1
11. Ibídem. Pág. 66, párr. 5
12. “The trend has been to reconstruct existing neighborhoods in an effort to preserve communities and to improve the quality of life within them”. Jacques RODRIGUEZ, Thesis: Redevelopment of an urban area in Monterrey, Mexico. Rice University, Houston, 1971. Pág. 32, párr. 1
13. El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Pág. 67, párr. 7






Cincuenta años del Plan Director de Monterrey

JUNIO 2017

La conclusión de los artículos de METROPOLISREGIA.COM en los que se analizó la configuración histórica de Monterrey entre los siglos XVIII y XX destacaba que las autoridades y la propiedad, aunque eran los responsables más importantes del ordenamiento urbanístico, se desentendieron durante cien años del desarrollo equilibrado de la ciudad. A partir de la restauración de la República en 1867 y de la consolidación política de la ideología liberal en el país, la urbanización del entramado reticular y la expansión periférica, se subordinaron a los objetivos económicos y a la transformación industrial de Monterrey; descuidando, a pesar del gran aumento de la población1, la provisión de suficientes reservas públicas para los equipamientos colectivos, y tolerando los diseños poco cuidadosos que ya mencionamos (Fig. 0617-1).

Aunque “los primeros indicios del ordenamiento territorial (…) se remontan a 1927, cuando el Congreso del Estado de Nuevo León promovió la Ley de Planificación y Construcciones Nuevas de la Ciudad de Monterrey con la finalidad de orientar y fomentar una distribución ordenada de las construcciones, (…) fue hasta 1950 cuando el Instituto de Estudios Sociales publicó los Apuntes para el Plano Regulador de la Ciudad de Monterrey del urbanista norteamericano Kurt Mumm, (…) que era promovido por el sector privado”2. Sin embargo, el marco normativo de la planificación se generalizó en el Estado durante la década de 1960; solo entonces se profesionalizó la práctica y se preparó el primer documento oficial, el Plan Director del Plan Regulador del Área Metropolitana de Monterrey (AMM), que fue publicado en julio de 1967.

Como se cumplen cincuenta años de la publicación del Plan Director, METROPOLISREGIA lo conmemora analizando sus principales propuestas en los artículos de junio y julio de este año. Pero, sabiendo que es imposible abarcarlo todo, en el artículo de junio se analizará el Plan, en cuanto que trataba de reconducir el crecimiento desordenado de la conurbación configurando seis grandes ciudades interconectadas y casi autosuficientes; mientras en julio, se estudiará la conformación “óptima” (Bardet) de cada una, y la disposición escalonada de los equipamientos colectivos.


Figura 0617-1. Plano del Área Metropolitana de Monterrey de 1967. En color gris queda señalada el área urbanizada existente, mientras en color rojo se destacan los fraccionamientos aprobados entre los años 1961 y 1966, que continuaban el modelo de crecimiento disperso en las principales direcciones radiales de la metrópolis (El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Figura 13)

EL PLAN DIRECTOR DE LA SUB-REGIÓN MONTERREY DE 1967 (EXÁPOLIS 2000)

El Plan Director de la Sub-región Monterrey, proyectado por el Departamento del Plan Regulador del Monterrey, N. L. y Municipios vecinos, fue dirigido por el Arquitecto y Urbanista Guillermo Cortés Melo con la colaboración de un grupo numeroso de profesionales y estudiantes3. Entre ellos cabe señalar la participación del Arquitecto y Urbanista Helios Albalate Olaria desde 1963 hasta 1966, y la del Arquitecto y Urbanista José Juan Ríos Leal a partir de 1967. Como es sabido, el Plan se fundamentaba en ciertas teorías que Gaston Bardet había denominado biosociología4.

El documento, que al publicarse era el más completo de su tipo del país y que recibiría por ello diversos reconocimientos, no solo abordaba los aspectos geográficos y geométricos habituales, sino que buscaba la justificación antropológica del planeamiento urbano; porque, como explican los redactores, “solamente una planificación integral que tenga como fin último al hombre, al desarrollo de la persona en toda su complejidad social e individual, y que se integre a los vastos campos regionales y nacionales, es la que consideramos que puede plantear y resolver los interdependientes y complejos problemas urbanos”5.

Sin embargo, en primer lugar, el Plan Director debía hacer frente a los aspectos técnicos, más urgentes; a una presión demográfica y urbanística insólita, y al proceso de expansión caótico que se registraba en la metrópoli. Ya que, solo entre 1943 y 1963, la población de Monterrey había aumentado de 241,257 a 850,668 habitantes, y la superficie urbanizada había pasado de 3,022 a 7,630 Ha; así que, si la población había aumentado tres y media veces, la huella urbanizada solo dos y media, mientras que la densidad apenas un 40 por ciento: de 79 a 111 hab/Ha. Por eso, ante el ritmo impredecible de la inmigración, no parece excesivo que los redactores hubieran proyectado el crecimiento de la metrópolis estimando una población de más de cinco millones de habitantes para el año 2000, tampoco que la distribuyeran en una superficie de 40,000 Ha, creciendo la densidad promedio hasta 130 hab/Ha (entre 25 y 30 viv/Ha). Ya que, así, el Plan comenzaba a contrarrestar la dispersión, moderando razonablemente el modelo de crecimiento extensivo propio de la ciudad.

Por otra parte, las previsiones respondían a la consolidación del proceso de industrialización regiomontana6, que se producía en el contexto sociopolítico del así denominado ‘milagro económico mexicano’, aunque se hubiera desarticulado apenas publicado el Plan al terminar la década de 19607. Pero, también a la ordenación urbanística del suelo contiguo a la ciudad existente, que pudiera satisfacer la población estimada por los estudios conforme a la práctica del planeamiento de otras ciudades industrializadas. Además -vale la pena destacarlo-, establecía la provisión de las reservas territoriales públicas necesarias para los equipamientos urbanos y para la edificación de vivienda social de la futura metrópolis, así como una la estrategia financiera para obtenerlas, que se comentará después.

No obstante, como vimos, las reservas de suelo públicas se habían suprimido del plano de la ciudad cien años antes con la desamortización de las propiedades municipales; que, por otra parte, afectaban directamente a los intereses de la propiedad, que especulaba con la posibilidad de seguir urbanizando en la periferia en las mejores condiciones regulatorias. Quizá por eso tampoco prosperó la aplicación del Plan, que según dice Roberto García Ortega, “no sólo fue limitada, sino incluso desvirtuada (…) a causa de la difícil conciliación con el ‘modelo liberal urbano’ (…). Ello le valió un escaso apoyo comunitario y político-legislativo del gobierno, e incluso serios ataques por parte de algunos grupos de poder económico local”8. Como hubiera sido, el Plan consiguió únicamente que se fijaran las posiciones de la estructura radial, ya que con su trazado se confirmaban las expectativas de la revalorización del suelo y de la expansión desregulada, aunque con ello se fomentaba también el uso del automóvil.

En segundo lugar, interesa analizar las características de la propuesta y la fundamentación teórico práctica del Plan, comúnmente denominado Exápolis 2000. Porque, para evitar la dispersión de las grandes metrópolis norteamericanas y las limitantes que introducía en la cohesión social, se regulaba la expansión de Monterrey en cinco direcciones. Y, con ello, no solo se planeaba la consolidación urbanística de los municipios contiguos; sino que impulsaba también el ordenamiento regional, el desarrollo controlado de las poblaciones cercanas (Fig. 0617-2).

Figura 0617-2. Plan Director de la Subregión Monterrey de 1967 (Exápolis 2000). La metrópolis era ceñida por un añillo periférico que delimitaba a la vez que conectaba todas las radiales de acceso a las cinco ciudades federación (CF) y a la Ciudad Central (CC). La condición orográfica propia del AMM hacía inevitable la morfología tentacular. La Sierra Madre, el Cerro de las Mitras, el Cerro del Topo y el Cerro de la Silla eran los separadores naturales de la estructura federativa, aunque debieron complementarse con las reservas de suelo agrícola y de parques para delimitarlas al Noreste y el Este del conjunto (El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Figura de la Portada)

Como explicaban los redactores, Exápolis 2000 propone “un conjunto urbano principal constituido por seis ciudades federación, y por seis ciudades menores ubicadas alrededor de éste, a distancias variables de 25 a 35 Km del centroide del citado conjunto principal. Este conjunto principal abarcará cerca de 40,000 Ha y está supuesto para una población de unos 5.200,000 habitantes (…). Cada Ciudad Federación del conjunto central será prácticamente independiente de las demás en su funcionamiento, pues contará dentro de sí misma todos los elementos para lograrlo (…). Por considerar que en esa forma se obtienen los marcos más adecuados para el desarrollo tanto de la comunidad como de la persona en todas las etapas y formas de la vida social, y a la vez se obtiene la mayor eficiencia urbana general en los demás aspectos”9.

A partir de la Ciudad Central (CC), la pieza reticular trazada por Epstein (1865) y por los tejidos industriales y residenciales del perímetro ceñidos por un anillo doble de circunvalación continua, la expansión metropolitana se articulaba entre los accidentes orográficos en forma de brazos irregulares, en dirección de las cinco cabeceras municipales colindantes: San Pedro y Santa Catarina al Sur, García al Noroeste, Escobedo y San Nicolás al Norte, Apodaca al Noreste, y Guadalupe al Este. Cada uno de los brazos conformaba una Ciudad Federación (CF), integrada por una zona industrial (ZI) separada del tejido residencial, configurado a su vez por un racimo de ciudades óptimas (CO).

Cada CF estaba conectada fuertemente con la CC por alguna de las vías radiales, de la que se derivaba una malla de circulaciones, con zonas verdes y equipamientos colectivos cuidadosamente distribuidos, para atender a los tejidos residenciales de cada una de las CO. El escalonamiento comunitario vecinal se desdoblaba linealmente; las CO en barrios (B) y grupos domésticos (GD), que tenían las áreas verdes y equipamientos correspondientes10. Por una parte, la estructuración orgánica de cada CF conjuntaba la geografía y la geometría del conglomerado de CO, buscando la continuidad espacial de la CC en las direcciones históricas del crecimiento metropolitano. Por la otra parte, el escalonamiento transversal de los tejidos vecinales, descendía hasta la ordenación del último nivel operativo, dejando abierta la configuración física de los componentes urbanos.

Como fundamentación teórico práctica, los redactores ofrecen una justificación humanística de la propuesta morfológica. Según explican, “mediante la organización federativa escalonada (…), cada ciudadano puede encontrar un cuadro físico-social a la escala de sus aspiraciones y posibilidades fisiológicas, psicológicas y sociales. Como este cuadro físico-social tiene su expresión principal en los centros de los distintos escalones, ya que es en ellos donde se produce el “calor cívico” necesario para el florecimiento del espíritu comunitario –básico para todo desarrollo social sano-, es grande la importancia concedida a la ubicación y equipamiento de tales centros. Otra de las consecuencias de la estructura federativa escalonada, es la distribución equilibrada de los lugares de trabajo, tanto industriales como de servicios, así como el equipamiento de los centros cívicos, lo cual se traduce en la reducción y simplificación de los movimientos cotidianos de la población y la consiguiente disminución de gastos y tiempos destinados a la transportación”11.

Aunque en el artículo de julio se comentarán con mayor detenimiento otros aspectos de la propuesta, de lo ya expuesto se puede concluir que el Plan Director de Monterrey de 1967 confrontaba el desorden metropolitano con una propuesta estructurante determinada tanto por el modelo de crecimiento radial que experimentaba la metrópolis, como por la información técnica y sociológica disponible (como recomendaban Patrick Geddes y otros exponentes del ámbito anglosajón). El diseño urbano era respetuoso de la geografía así como de la ciudad existente; mientras que la geometría orgánica, más que ambigüedad, destacaba la necesaria flexibilidad espacio temporal de la propuesta.

En definitiva, en la propuesta ordenada de Exápolis 2000 se percibe, por una parte, la línea de influencia de la topografía social de Bardet; que “defiende una ciudad que crece y mejora de forma empírica, por ensayo y error, rechazando la concepción integral de la ciudad, y aspirando a resolver con eficacia los problemas urbanos más acuciantes”12. Y, por la otra, inspirada en las ideas de Bergson, en la búsqueda del “impulso vital que mueve y guía la evolución de toda realidad. Sin embargo, esta concepción dinámica de lo existente tiende a una estabilidad: la estabilidad de la continuidad sin ruptura, la durabilidad, la permanencia de lo anterior en formas siempre nuevas”13.


Figura 0617-3. Exápolis 2000. En el esquema se distinguen el cuerpo de estructura reticular de la Ciudad Central (CC) y las urbanizaciones industriales (rojo) y residenciales del continuo existente de 1966. Alrededor, la expansión urbana controlada flexible y orgánicamente por el Plan Director, configuraría las ciudades federación (CF), separando los componentes urbanos de la producción (ZI) de los del escalonamiento vecinal residencial (CO, B y GD).




1. La ciudad de Monterrey, que había alcanzado 500,000 habitantes en 1950, saltó a 1’642,000 en 1976 y a 2’148,000 en 1983, aumentando la concentración de la población del Estado en la metrópolis de 64% a 80%. Por otra parte, la superficie urbanizada pasó de 4,000 Ha en 1950 a 30,910 Ha en 1983, con lo que la densidad disminuyó casi a la mitad, desde cerca de 125 hab/Ha bajó a 70 hab/Ha, debilitando todavía más la funcionalidad y la cohesión. No obstante, la dispersión se ha seguido agravando; en el año 2000 la densidad se redujo a 60 hab/Ha, los 3’374,400 habitantes de la metrópolis se distribuyeron en 55,882 Ha, y en 2010 a tan solo a 49 hab/Ha, los 4’165,500 habitantes ocuparon 85,184 Ha
2. Víctor Joel PÉREZ POZOS. Tesis: Estrategias para un crecimiento ordenado y sustentable para la subregión periférica del área metropolitana de Monterrey. Universidad de Nuevo León, San Nicolás de los Garza, 2012. Pág. 15, párr. 4 a pág. 16, párr. 1
3. Cfr. El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Pág. 119, párr. 5
4. “El Autor plantea que en cualquier régimen político se observa la misma biosociología, compuesta por seis especies sociales y clasificada en tres niveles diferenciados: el hipourbano, constituido por el caserío aislado, el pequeño núcleo rural y los centros rurales de los que dependen otros de menor entidad; la ciudad humana propiamente dicha; y el hiperurbano, de tamaño descontrolado, configurado por metrópolis enormes de diferente entidad. Bardet apunta que si el primer nivel es incapaz de aportar beneficios espirituales suficientemente ricos, el último destruye los que ya estaban aglutinados: entre ambos se define un nivel óptimo dependiendo del nivel cultural y técnico de la sociedad”. Silvia BARBARIN y Elena MARTÍNEZ LITAGO en José LUQUE VALDIVIA. Constructores de la ciudad contemporánea. Cie Inversiones Editoriales Dossat 2000. Pág 138, col. 1, párr. 2
5. El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Pág. 3, párr. 4
6. “En el período 1960-1970 la producción fabril mantuvo un crecimiento sostenido con una tasa anual de 8.5 por ciento, frente a 8.1 por ciento nacional. Las manufacturas regiomontanas pasaron de aportar 10 por ciento del PIB industrial nacional en 1960, a aportar 10.5 por ciento en 1970, máximo histórico hasta entonces”. Lilia PALACIOS HERNÁNDEZ, Consolidación corporativa y crisis económica en Monterrey, 1970-1982, en Isabel ORTEGA RIDAURA, Nuevo León en el siglo XX. La industrialización, del segundo auge industrial a la crisis de 1982, tomo II. Fondo Editorial de Nuevo León, Monterrey, 2007. Pág. 212, párr. 2
7. “Entre 1960 y 1970, la industria creció a 8.2% anual, el mayor dinamismo manufacturero en todo el siglo, mientras que el PIB total lo hizo en 6.5%, cifras superiores a las de la década anterior que atestiguan el momento culminante del ‘milagro económico mexicano’ “.Gustavo GARZA VILLARREAL, Evolución de las ciudades mexicanas en el siglo XX en Notas. Revista de información y análisis, núm. 19, 2012, Pág. 10, col. 3, párr. 2 a pág. 11, col. 1, párr. 1
8. Roberto GARCÍA ORTEGA, La conformación del Área Metropolitana de Monterrey y su problemática urbana.  Monterrey, 1984. Pág. 105, párr. 1
9. El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Pág. 63, párr. 2 y 3; pág. 73, párr. 2
10. “Un conjunto de 80 a 200 familias constituye potencialmente un “escalón doméstico”, el cual teje y define sus relaciones comunitarias en el ir y venir cotidiano de la población a lo largo de ciertas calles. (…) Para que esta comunidad cristalice dentro de su radio limitado, es necesario dotarla de una vía que facilite recorridos adecuados para la circulación de peatones, de un pequeño grupo de comercios primarios y de un lugar para juegos infantiles (islote de juegos)”. Ibídem. Pág.47, párr. 3
11. Ibídem. Pág. 73, párr. 3 y 4
12. Silvia BARBARIN y Elena MARTÍNEZ LITAGO en José LUQUE VALDIVIA. Constructores de la ciudad contemporánea. Cie Inversiones Editoriales Dossat 2000. Pág. 134, col. 2, párr. 5
13. Ibídem.Pág 135, col. 1, párr. 2