Iniciativa de Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León

La reflexión que se hizo con ocasión del aniversario de la publicación del Plan Director de Monterrey de 1967 Exápolis 2000 en los artículos de junio y julio, ha servido para contrastar el proyecto de ciudad que proponían Cortés Melo y sus colaboradores hace cincuenta años, con el desorden urbano actual de nuestra metrópoli. Pero, al mismo tiempo, como preparación para este artículo de agosto que revisa la Iniciativa de la Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León, que será próximamente sometida a discusión pública; aunque debe adecuar la normativa estatal a la legislación federal, tiene también como objetivo solucionar el desorden actual, replanteando ciertas características del modelo de desarrollo urbano vigente.

Como es lógico, no está dentro de nuestras posibilidades hacer un comentario técnico legal -en todo caso, debe dejarse a los expertos, los más reconocidos son los de la Sociedad de Urbanismo Región Monterrey, A. C. (SURMAC)-; sino, más bien, el análisis morfológico de la propuesta de la nueva legislación. Por ello, nos centraremos en el contenido de la Exposición de Motivos de la iniciativa, que busca explicar los errores del desarrollo urbano del país durante el siglo pasado; y, por consiguiente, lo que debería corregirse de él, que se precisa en el cuerpo del documento.

Figura 0817-1. José María VELASCO, Pirámide del Sol (vista desde la Pirámide de la Luna, Teotihuacán), 1878 (óleo sobre tela)
Figura 0817-2. José María VELASCO, El Valle de México visto desde el Cerro de Santa Isabel, 1875 (óleo sobre tela)
Ante todo, parece justo celebrar, que el análisis crítico del texto parte de un compromiso con la dualidad histórica del Urbanismo mexicano. Con el modelo urbano prehispánico, y su ordenación de una estructura representativa (cosmogónica) (Fig. 0817-1); y, más específicamente, con el modelo urbano novohispano1; que matizando el prototipo de la legislación colonial, asume algunos de los rasgos del primero (Fig. 0817-2); para, desde una posición más firme pero contemporánea, referir las incongruencias que se produjeron en el planeamiento, como consecuencia del crecimiento de la población urbana y la transformación funcional de la grandes ciudades mexicanas del siglo XX.

Como se puede comprobar, se trata de lo que METROPOLISREGIA ha venido exponiendo acerca del desarrollo urbano de Monterrey en los artículos anteriores de este año. No obstante, nos proponemos ahora no solo compartir una retrospección enriquecida por la historia del Urbanismo, sino evaluar la congruencia, y por tanto la pertinencia, de la propuesta implícita en la ley. Ya que -como es del conocimiento público-, ha empezado a ser comentada en diferentes niveles de las instancias oficiales, profesionales y civiles, y en los medios de comunicación.

El desarrollo territorial y urbano de las ciudades mexicanas del siglo XX

La Exposición de Motivos de la Iniciativa, se inicia describiendo el fenómeno del aumento de la población en las zonas urbanas de México; la cual, como en otros lugares, dejó de ser mayormente rural durante la segunda mitad del siglo XX2. Pero, si la población urbana del país era un poco menor de 30% en 1950, en 1980 ya superaba 60 %, y 72% en 2010; se estima que más de 80% de los mexicanos vivirá en asentamientos urbanos en 2030. Sin embargo, por la falta de los instrumentos del planeamiento adecuados, junto con el aumento de la población urbana se derivaron otros fenómenos, que han dado al traste con la cohesión y el funcionamiento de las ciudades.

Por una parte, durante el proceso de crecimiento, la población se fue acumulando más en las ciudades grandes, como resulta patente en los asentamientos del Valle de México que rodean la capital de la República, y los de las capitales de los estados de Jalisco y Nuevo León3 (Fig. 0817-3, 4 y 5). Ya 37% de la población total del país vivía en alguna de las 10 ciudades con más de un millón de habitantes en 2010; pero 31% de una población urbana de más de 114 millones, vivirá en ciudades todavía más grandes en 2030, en asentamientos que tendrán entre 1 y 5 millones de habitantes. Además, por otra parte, a la distorsión acumulativa mencionada se añadió el aumento desproporcionado de la superficie urbanizada. Si la población en las ciudades más grandes, en promedio se había triplicado entre 1980 y 2010, su extensión se había multiplicado por varias veces más4.

Figura 0817-3. Vista aérea de la zona de Santa Fe (Ciudad de México)
Sin embargo, aunque los movimientos del campo a la ciudad van disminuyendo, “el crecimiento de las ciudades continuará de manera natural con el crecimiento de la población. [Pero,] si continuamos con el actual modelo urbano –se nos advierte-, en los próximos treinta años, la ciudad seguirá creciendo artificialmente de manera horizontal, y como consecuencia, viviremos en ciudades más dispersas y con mayor segregación social”5.

Figura 0817-4. Vista aérea de la zona de Puerta de Hierro, Zapopan Jalisco (Guadalajara)
Así que, de no modificarse la tendencia, el crecimiento urbano de los próximos años, aunque cuantitativamente fuera menor, llegaría a ser poco sostenible; porque “se verá acompañado de profundos y rápidos cambios cualitativos en la relación de las sociedades locales y regionales con sus territorios”. Y, se reitera que “si prevalece el patrón territorial actual en las ciudades mexicanas, esta concentración provocará incrementos en las distancias y los trayectos, y crecerán las externalidades negativas o costos sociales por el imperativo de mayor conectividad espacial; afectando el medio ambiente, y agudizando la inequidad y la desigualdad socio-económica”6.

 Figura 0817-5. Vista aérea de la zona de Valle Oriente de San Pedro Garza García, N. L. (Monterrey)

Al analizar las causas, el documento atribuye sin rodeos el desorden urbano a una regulación equivocada de la producción nacional de vivienda social, que ha estado orientada hacia los aspectos más cuantitativos del problema; a la satisfacción inmediata de una demanda, no obstante que permanece inalcanzable con el ritmo de crecimiento de la población del país. “La regulación a la vivienda produjo enormes conjuntos habitacionales, compuestos de miles de pequeñas viviendas unifamiliares, construidas con base en modelos que se repiten a lo largo del país sin considerar las características y las necesidades de los diferentes tipos de hogares que actualmente existen; es decir, se edificó un parque habitacional sin condiciones de habitabilidad adecuadas, que ha incrementado las desigualdades en el acceso a la vivienda y ha aumentado la segregación y exclusión social”7.

Y, como consecuencia negativa de ese modelo urbano e inmobiliario, se puede deducir que el énfasis casi exclusivo en la producción de vivienda, ha impedido un desarrollo regional y urbano saludable. “En México, las restricciones erradas en el uso del suelo han desplazado a la gran mayoría de las personas -principalmente a aquellos de menor ingreso-, hacia las zonas más lejanas del centro de la ciudad; lo anterior, debido a la insuficiente oferta de vivienda y a los exorbitantes precios que de estas restricciones y de otras regulaciones se derivan, y que sólo pueden ser cubiertas por aquellos de más altos ingresos. (…) Además, este desplazamiento supone elevados costos para aquellos ciudadanos que han sido marginados en las periferias. [Aunque,] por otra parte, estas manipulaciones regulatorias y, en particular, los límites a la edificación vertical distorsionaron el funcionamiento del ecosistema urbano. De este modo, se provocó un efecto no previsto e indeseable: el crecimiento exponencial, disperso y segregado del tejido urbano”8.

Ahora bien, esta fragmentación del tejido urbano, puso de manifiesto la falta de tino planificador de los agentes responsables del desarrollo. Ya que, “el modelo urbano y las políticas públicas, (…) se han equivocado en la forma de interconectar a las personas en la ciudad. Primero, porque se han enfocado en una zonificación urbana que alejó a las familias de sus centros de trabajo, escuelas y servicios de todo tipo; segundo, porque han priorizado la movilidad en automóvil, sin considerar, alternativas de transporte colectivo o transporte no motorizado, sobre todo las enfocadas en la movilidad peatonal. (…) Las ciudades en México diariamente son transitadas por millones de automóviles, que contaminan la atmósfera y congestionan las vialidades; pero que a la vez, son la única alternativa que las personas encuentran para hacer frente a un modelo urbano errado; al mismo tiempo, las acciones y las obras públicas tienden a favorecer la movilidad en el automóvil individual, al concentrar los proyectos y los recursos en pasos a desnivel, carreteras urbanas y periféricos y no en transporte público y no motorizado”9.

El análisis concluye, atinadamente, que “este crecimiento acelerado de las ciudades en México es muestra de la incapacidad del actual modelo urbano para anticiparse al crecimiento de éstas, y de su incapacidad para permitir un crecimiento compacto e incluyente”. Por eso, “los planes de desarrollo urbano enfrentan dos paradojas: al estar basados en el modelo dominante de urbanización que se caracteriza por ser inequitativo, disperso, desordenado e insustentable, han impedido un crecimiento incluyente y ordenado en las ciudades; igualmente, al no ser instrumentos de decisión para organizar las ciudades, se convierten en letra muerta, dejando en las fuerzas del mercado (...) buena parte de las decisiones de localización”10.

La Iniciativa adelanta también algunas condiciones de la solución. “Los esfuerzos de contener de manera artificial la dispersión de las ciudades no funcionan, pues pretenden atacar los síntomas y no las causas. Mientras se impida el crecimiento compacto de las ciudades, los habitantes (de manera regular o irregular) tenderán a asentarse en las periferias. [Por tanto,] se debe tomar conciencia que las innovaciones para el desarrollo urbano deben incluir una lógica de servicios de proximidad, esquemas de financiamiento adecuados, asistencia técnica y financiera a quienes auto producen su vivienda, y el desarrollo de nuevos mercados como el arrendamiento, el arrendamiento con opción a compra (leasing) y el intercambio de vivienda usada, propiciando distintas formas de tenencia y garantizando la seguridad de la misma11.

En definitiva, “el reto es lograr un modelo de urbanización y metropolización, que sea producto del acuerdo entre la sociedad y el gobierno, que tenga visiones de largo plazo y que sea integral al considerar todas las dimensiones del desarrollo urbano; que se adapte a los ciudadanos, que reconozca la gran diversidad humana”12.

No se puede dejar de agradecer el aire fresco que aportan algunas de las ideas vertidas en del documento, que contribuyen a salir de la asfixia urbanística actual. Sin embargo, interesa enfatizar dos aspectos fundamentales que pudieran obviarse o pasar desapercibidos, que seguirán presentes en estas disertaciones de METROPOLISREGIA.

Figura 0817-6. Mario PANI, Conjunto habitacional Nonoalco-Tlatelolco, 1965

En primer lugar, se debe destacar que la descalificación del modelo de ciudad extensiva que promueve la Iniciativa de la Ley, no debe hacerse en términos absolutos, ni siquiera en cuanto al desarrollo de vivienda de tipo social; como tampoco puede recomendarse a ciegas el modelo de la ciudad vertical, que ya tienen algunas de las ciudades más grandes del país, que se funda en una apreciación sociológica equivocada. Pero, el segundo de los aspectos es, sin lugar a dudas, el que debe iniciar el proceso de rescate de la ciudad mexicana. Se trata de la preparación y el seguimiento de un plan para la ordenación territorial y urbana de las zonas metropolitanas, que conjugue necesariamente los aspectos físicos con los sociales y económicos. Ya que, en el trasfondo de la incongruencia urbanística que padecemos hoy, se nota la ausencia de ese documento unificador.

Quizá el mayor peligro que tenemos por delante, sería continuar la miopía actual que implementa soluciones parciales pero imprecisas. Es verdad que la ordenación territorial y urbana solo puede llevarse a cabo por partes, desarrollando planes parciales concretos; pero la precisión, la certidumbre ordenadora, solo la puede aportar el plan estructurante, que conjugue las diversas disciplinas que involucra la planificación. Sí, es urgente hacer las modificaciones a la legislación; pero, por esa razón, es indispensable concretar el planeamiento. ¿De qué podría servir revisar apuradamente la legislación, preparar el contenido, por adecuado que pudiera parecer para un desarrollo regional y urbano ficticio, sin disponer del continente; es decir el modelo físico, el plan de ordenación? Parece más razonable proceder a la inversa. Sin dejar de fijar el rumbo y mirar el futuro, debemos utilizar el espejo retrovisor y confrontar los factores de desorden que deformaron nuestras ciudades.










1. “La traza básica de la mayor parte de las ciudades mexicanas a partir del siglo XVI, respetó un conjunto de parámetros y normas que permitieron patrones territoriales compactos con infraestructuras continuadas y teniendo al espacio público: la calle, la plaza, el parque, el atrio, como lugar de encuentro y convivencia social”. Exposición de Motivos de la Iniciativa de Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León. Monterrey. 2016
2. “El crecimiento de nuestras ciudades se caracteriza por los asentamientos irregulares, los grandes conjuntos habitacionales alejados de los núcleos urbanos, el crecimiento hormiga en las zonas aledañas a la mancha urbana y en menor medida el reciclamiento y la re densificación”.Ibídem
3. La concentración del aumento de la población urbana en las ciudades más grandes podría explicarse por la profunda desigualdad con las condiciones de vida de la población rural. “La población urbana es más próspera, tiene mayores salarios, mejor acceso a los servicios de salud, mayor nivel educativo y más satisfactores cotidianos a su servicio”. Ibídem
4. La ratio crecimiento de población/crecimiento de la mancha urbana de la zona metropolitana fue: en el Valle de México, 142%/357%; en Guadalajara, 198%/382%; en Monterrey, 199%/490%; en Tijuana, 358%/437%. Sin embargo, los casos más agudos se presentaron las ciudades de Puebla-Tlaxcala 246%/1258% y Toluca 341%/2690%
5. Exposición de Motivos de la Iniciativa de Ley de Asentamientos Humanos y Desarrollo Urbano para el Estado de Nuevo León. Monterrey. 2016
6. Ibídem
7. Ibídem
8. Ibídem 
9. Ibídem
10. Ibídem
11. Ibídem
12. Ibídem

Cincuenta años del Plan Director de Monterrey (segunda parte)

JULIO 2017

Para conmemorar cincuenta años de la publicación del Plan Director de Monterrey de 1967 (Exápolis 2000), en METROPOLISREGIA.COM | JUNIO 2017 se inició el análisis de las principales propuestas del plan, que corresponde culminar en este artículo.

En la primera parte, publicada en junio, se describe la propuesta fundamental de los redactores, los arquitectos Cortés Melo, Albalate Olaria, Ríos Leal y otros: desarrollar el área metropolitana de Monterrey como un conjunto de seis ciudades contiguas casi independientes, con una “estructura federativa orgánica” (Cortés Melo)1; para la que se había estimado una población que superaría cinco millones de habitantes al final del siglo XX, con una superficie aproximada de cuarenta mil hectáreas, restringiendo la expansión irracional que había comenzado desde los años cuarenta2.

En esta segunda parte de julio, resta por explicar las características que tendrían tales “ciudades federación”: las condiciones de un planeamiento de “nivel óptimo” (Bardet) con el que según los redactores del Plan, se lograría “el desarrollo tanto de la comunidad como de la persona en todas las etapas y formas de la vida social, y a la vez se obtiene la mayor eficiencia urbana general en los demás aspectos”3.

Finalmente, y haciendo frente a la inobservancia de las recomendaciones del Plan Director de 1967, conviene hacer una valoración del proyecto en su conjunto y de la desviación posterior del planeamiento metropolitano de Monterrey.

Figura 0717-1. El Plan Director del Plan Regulador de la Subregión Monterrey de 1967, Guillermo Cortés Melo y colaboradores. Al final del siglo XX, incluida la Ciudad Central existente (color rojo), la metrópoli estaría compuesta por seis ciudades federación (Exápolis 2000). La expansión de las zonas industriales (sombreado color gris) y la de las zonas de vivienda de cada ciudad federación (color rosa) se desarrollan a partir del sistema de comunicaciones radial de la Ciudad Central. Los núcleos terciarios de equipamientos (color verde) son la estructura física y funcional de las zonas de vivienda


LAS CARACTERÍSTICAS DE LA CONFIGURACIÓN DE EXÁPOLIS 2000

A los parámetros de población y superficie urbanizable mencionados antes, la propuesta de Exápolis 2000 reconoce otros condicionantes de una peculiar configuración tentacular, contenida por el trazado del anillo de circunvalación metropolitano (Fig. 0717-1).

Por una parte, se considera que el planeamiento de la ciudad debe dar respuesta a la afinidad social natural de todo ser humano, lo cual se logra con el escalonamiento comunitario vecinal. Porque, para el pleno desarrollo social del hombre, es indispensable “pertenecer a varios grupos además del grupo familiar. Estos grupos son de dos tipos, los grupos de actividad (tales como los laborales, recreativos, políticos, religiosos, culturales) y los grupos vecinales”4. Por eso, “cualquier estructura urbana debe planearse, idealmente, desde el grupo vecinal más elemental, el llamado “escalón patriarcal”, grupo de 10 a 15 familias (…), hasta los grupos urbanos más complejos y completos: las ciudades óptimas y la ciudad federación, pasando por los grupos intermedios como el escalón doméstico y el barrio”5.

Por la otra parte, la “estructura federativa orgánica” que se ha dicho, debe amoldarse al entorno geográfico propio. Ya en el artículo de junio se explica los condicionantes de la orografía, las barreras naturales para el crecimiento radio concéntrico de la Ciudad Central, que constituyen las montañas y los cerros que rodean Monterrey. Pero, a estos, el proyecto de Exápolis 2000 añade los cauces de la cuenca hidrográfica, que se destinan para zonas verdes públicas de las ciudades federación. Los cauces del Río Santa Catarina -en su recorrido por los municipios de Santa Catarina, San Pedro y Monterrey-, del Río La Silla -a lo largo de Monterrey y Guadalupe-, y también los de los arroyos más importantes que absorbería la expansión de la metrópoli hacia el Norte. Aunque, quizá por pensar la ciudad como “unidad ecológica de orden superior”, el más importante de todos sería la preservación del humedal que se formaba entre los cauces cerca de la confluencia de los ríos Santa Catarina y La Silla, al Oriente del municipio de Guadalupe6.

Asimismo, por sus características tanto topográficas como hidrográficas, el Plan Director propone condicionar para usos no-urbanos otras dos importantes extensiones suburbanas: el Cañón de Huajuco, al Sureste del cruce del Río La Silla, que había sido decretado parque nacional7, y al Noreste de la Ciudad Central una zona para uso agrícola entre los municipios de San Nicolás y Apodaca8 ; que, pese a la reorientación terciaria de la economía regional, en ninguna de ellas adopta los objetivos señalados.

Así que, partiendo de una preconcepción de la estructura social (Bardet), así como de los condicionantes geográficos territoriales, el Plan Director de Monterrey desarrolla el modelo geométrico de la expansión de la metrópoli futura, de las seis ciudades federación mencionadas; en las que la configuración tentacular se justifica por la disposición radial histórica de las vías de comunicación (Poëte), aunque induciendo a partir de ellas cierto tipo de crecimiento direccional controlado (Doxiadis).

Sin embargo, si la disposición radial de las vías de comunicación determina naturalmente la estructura principal de las ciudades federación, la transversal de ellas define el programa de actuación del planeamiento urbano, el ordenamiento escalonado de la comunidad. Es decir, la secuencia del desarrollo de las Ciudades Óptimas en el tiempo,  constituidas a su vez, por los componentes urbanos de las diferentes escalas de la topografía social (Bardet) (Fig. 0717-2).

Pero la ordenación óptima de los componentes asegura la operatividad del Plan, ponderando ciertos aspectos cualitativos además de los cuantitativos9. Por ello, cada una de las ciudades federación prevé por separado las zonas para vivienda futura y para la expansión industrial. Ésta queda circunscrita tanto por la estructura radial motorizada, que viene de la Ciudad Central, como por las vías del ferrocarril; y está en tal posición, que las condiciones de ventilación natural reducen los efectos nocivos de la contaminación atmosférica en las zonas de vivienda.

Por su parte, la zona prevista de vivienda futura de cada ciudad federación la constituye un grupo de ciudades óptimas, un racimo de unidades completas. Solo la contigüidad de todas ellas garantiza el funcionamiento óptimo: el acceso desde la vía radial, la cohesión de los tejidos y la disponibilidad de los equipamientos colectivos que conforman la estructura urbana. “Cada ciudad federación del conjunto principal está constituida por una federación de 6 a 9 ciudades óptimas que utilizan (y se estructuran con respecto a) un centro terciario donde se encuentra aquel equipamiento no costeable a la escala de cada ciudad óptima”10. La población de la Ciudad Central se prevé para 1.550,000 habitantes (11,371 Ha), y la de las cinco ciudades federación varía entre 460,000 y 920,000 habitantes (3,488-6,813 Ha).


Figura 0717-2. Croquis de una ciudad federación de Exápolis 2000. El sistema de comunicaciones radial de la Ciudad Central determina la disposición de los componentes y el programa del Plan. La zona industrial está separada de la vivienda. El centro terciario, la estructura física y funcional de la ciudad federación, lo constituyen los equipamientos comunitarios rodeados por una extensa zona verde, que alcanza a todas las ciudades óptimas. Zona Industrial (ZI). Ciudad Óptima (CO). Espacio Verde (EV). Centro Comercial (C). Núcleos de equipamiento sanitario, educativo, deportivo y social: el Núcleo 1 (N1) debía tener Hospital, Universidad, Centro Universitario, Estadio y Centro deportivo. El Núcleo 2 (N2), Parque público, Clínica, Centro religioso y otro Centro Universitario. El Núcleo 3 (N3), Clínica, Centro de Espectáculos y el Edificio Administrativo. Cerca de la Ciudad Central debía estar el Centro Comercial y en el perímetro de las ciudades óptimas pequeños cementerios.


Pero, la atención del diseño urbano se orienta principalmente en la solución de los centros de equipamiento comunitario de cada ciudad federación; porque “estructuran a las zonas de vivienda de una manera general, tanto física como funcionalmente, pues agrupan gran parte de los elementos atractivos de las ciudades y son la sede de importantes fuentes de trabajo”11. Como es lógico, para el caso de la ciudad existente la dotación solo sería complementaria12; pero, para los demás, la configuración lineal acompañaría el desarrollo de las ciudades óptimas. Además, en correspondencia con esto, “la vialidad se estructura a base de un eje longitudinal más o menos radial con respecto a la Ciudad Central, que bordea las zonas de equipamiento terciario (en forma de dos arterias paralelas), y un conjunto de arterias sensiblemente perpendiculares a éste, que corresponden a las arterias de los centros y los límites de las ciudades óptimas de cada ciudad federación13.

Los siguientes niveles del escalonamiento urbano, que excluyen las zonas industriales de las ciudades federación, repiten la solución equipamental. Continúan la configuración centralizada y orgánica en los núcleos terciarios, dotados con los equipamientos comunitarios indispensables para el funcionamiento diario (Fig. 0717-3 a 0710-5). Las ciudades óptimas (10-18 barrios) conformadas por los barrios (500-2,000 familias) y, a su vez, por los grupos domésticos de viviendas (80-200 familias).

Figura 0717-3. La Ciudad Óptima de Exápolis 2000. Cada sería un racimo de barrios enlazados por un gran espacio verde con los equipamientos necesarios y con circulaciones peatonales separadas de las motorizadas. En la articulación del racimo de barrios se debía localizar el centro comercial (C) y un Teatro (T). Cada ciudad debía contar con dos núcleos educativos (N1) con una Escuela Técnica y una Preparatoria. También debía tener una zona de entretenimiento (N2) principalmente constituida por salas de cine. El núcleo de servicios públicos (N3) tendía un Centro de Salud, un Centro Social y un Edificio Administrativo


Figura 0717-4. Las Unidades de Barrio de Exápolis 2000. Los barrios se conformaban por un conjunto de grupos domésticos cuyos equipamientos estaban contenidos en una zona verde (EV) que continuaba la de la Ciudad Óptima. En la articulación de los parques había una zona para el comercio de diario (C) muy cercana a un núcleo de servicios (N1) con una clínica pequeña, una Escuela Secundaria, la Iglesia y el Edificio administrativo; mientras que podía está un poco más alejado de éste otro núcleo (N2) con otra clínica, el Centro Social, la Escuela Primaria y el Jardín de Niños

Figura 0717-5. Los Grupos domésticos de Exápolis 2000. Las unidades de barrio se configuraban con grupos domésticos alrededor de una zona verde (EV) con un parque (P) y una pequeña zona de comercios (C) asociada a las vías de circulación vehicular pero independiente de las peatonales que comunicaban los equipamientos y el grupo de viviendas (V)

Por último, es necesario mencionar, que los redactores eran concientes plenamente, que la realización del proyecto estaba condicionada por muchas operaciones inmobiliarias que permitieran disponer del suelo para desarrollar el plan de Exápolis 2000. Y, para asegurarlo, proponen afectar una cantidad muy importante de suelo ejidal y particular de la periferia de Monterrey (Fig. 0717-6). Debido a que la factibilidad dependía absolutamente de la consolidación de la propiedad, de gestiones cuya escala y complejidad no tenían precendente en la ciudad; quizá por esto, como se mencionó, los obstaculos resultaton infranqueables.


Figura 0717-6. 1. Adquisición de 1,300 Ha para los centros terciarios de las ciudades federación. 2. Distribución de 6,240 Ha para grupos de familias de escasos recursos. 3. Permuta de 2,300 Ha ejidales. 4. Adquisición de 370 Ha para usos terciarios. 5. Construcción de la vía férrea a la zona industrial Noroeste. 6. Desviación de la vía férrea Monterrey-Laredo


Unas cuantas líneas más son suficientes para concluir lo comentado hasta ahora acerca del Plan Director de Monterrey de 1967. Lo primero queda contenido en los dos artículos que conmemoran la publicación del plan. Que el proyecto postula para la capital industrial de México diversas teorías del urbanismo estadounidense y europeo, que tuvieron cierta relevancia a través del siglo XX.

Los criterios de la segregación funcional del planeamiento, y los de la expansión de las ciudades mediante la agregación de unidades de barrio que defendía Mumford, ya no eran extraños al desarrollo urbano local. En cambio, sí lo eran las teorías de la topografía social de Bardet; tanto como las del crecimiento direccional que, aunque apoyadas en otras del crecimiento lineal anteriores (Soria, Poëte, Le Corbusier, etc.), en esa época Doxiadis difunde desde Estados Unidos con el nombre de “ekística” alrededor del mundo. Y, que, parece sugerir el diseño de Exápolis 2000 en las direcciones radiales de Monterrey.

Lo segundo es todavía más destacable, la validez permanente de los criterios que sostienen el proyecto de Cortés Melo. Lo determinante se toma de algunas de las teorías de Bardet; consiste, nada menos, que en la fundamentación antropológica de la disciplina del urbanismo. Dado que ésta debe dar respuesta a la condición social del ser humano, aunque la afirmación pueda juzgarse como demasiado categórica, el beneficio colectivo es la condición para la consecución del individual. Que en el diseño urbano se traduce dando valor estructurante a los centros terciarios de los diferentes escalones comunitarios.

Otro aspecto de gran relevancia contemporánea, es indudablemente el reconocimiento que el proyecto hace de las preexistencias, de los valores que aporta la historia a la ciudad contemporánea (que entonces en Europa empezaban a rescatarse de la eclosión del urbanismo racionalista). Por eso el proyecto se adapta a las condiciones naturales del lugar: a las orográficas, las hidrográficas y las climatológicas, también a las concernientes al descanso y el ocio de la metrópoli. Asimismo, se adapta a las restricciones de la antropización: las vías de comunicación, la ciudad existente, etc.; que se conforman, como se ha visto, con la propuesta morfológica.

En definitiva, que a pesar que Exápolis 2000 pudiera contarse como uno más entre los grandes proyectos urbanos que planeaban la totalidad de la ciudad, Cortés Melo -no sin razón- califica de orgánico el diseño de la metrópoli futura; referenciando con ello la dimensión espacial prevista por el plan, a las modificaciones que se producen en el tiempo, el programa del planeamiento, para mejorar lo previsto. Así que, como ya se dijo, la soltura del trazado de los componentes urbanos, más que hablar de indeterminación, dice de cierto grado de flexibilidad que requieren los instrumentos del planeamiento.

Por eso, es conveniente terminar esta valoración diciendo que, ante los malos resultados urbanísticos del desarrollo tan indisciplinado como caótico que ha tenido el Área Metropolitana de Monterrey desde la segunda mitad del siglo XX; los responsables actuales del crecimiento y de la conservación de la conurbación regiomontana (las autoridades y la propiedad), pudieran reconsiderar para su regeneración, tantos aspectos positivos como los que contiene el Plan Director de 1967.







1. “According to the urban structural organization, the Comprehensive Plan proposes an expansion of the city through six carefully structured “Federation Cities”. These six cities would have the industry, commerce and related facilities necessary to function as semi-autonomous urban units. Each “Federation city” would be organized to follow the hierarchical organization of optimum cities, neighborhoods, domestic groups. These six “Federation cities” would together form what is called “Exapolis 2000” (exa=six, polis=city) denoting the ultimate development of the metropolis by the year 2000. The total of the Exapolis in the year 2000 is expected to be 5.2 million”. Jacques RODRIGUEZ, Thesis: Redevelopment of an urban area in Monterrey, Mexico. Rice University, Houston, 1971. Pág. 21, párr. 1
2. “Logically the only way to house more people is either to extend the present pattern of sprawl and cover vastly more land, or to use less land and increase its carrying capacity. I believe the latter is the correct approach and should be pursued by the government an planning officials of Monterrey simply because higher density solutions to housing are less costly, make more efficient use of city land, and economic development allow of infrastructure and facilities. Also more people can live closer to jobs, schools, and other necessities”. Ibídem. Pág. 31, párr. 2
3. El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Pág. 73, párr. 2
4. Ibídem. Pág. 46, párr. 6
5. Ibídem. Pág. 47, párr. 2
6. “Facilita espacios recreativos sub-urbanos a la población de ese rumbo”. Ibídem. Pág.45, párr. 5
7. Se encuentra dentro del área decretada como Parque Nacional Federal. Grandes atractivos naturales para la recreación de la población del Área Metropolitana. El desarrollo bien encausado de los alrededores de la Presa de la Boca puede convertir esta área en un gran centro recreativo y turístico. Su uso como zona habitacional no sería recomendable por no tener posibilidad de contar con centros de trabajo industriales cercanos. Ibídem. Pág. 45, párr. 4
8. No es conveniente como zona de desarrollo habitacional debido a la contaminación atmosférica producida por el área industrial. En cambio, (…) permite un amplio desarrollo como zona forrajera. El actual Ejido del Canadá podría ser ventajosamente desplazado hacia estas áreas”. Ibídem. Pág. 45, párr. 6
9. “Ciertos aspectos cualitativos sobre los grupos de ingreso, la estructura ocupacional general y la estructura por grupos de edades. Tales aspectos son relevantes para la estimación de áreas de terreno para la construcción de la vivienda, para estimar las necesidades de servicios educativos (y áreas respectivas), estimación de áreas de trabajo (especialmente las de tipo industrial), estimación de áreas para vialidad y tránsito, etc.” Ibídem. Pág. 30, párr. 2
10. Ibídem. Pág. 45, párr. 1
11. Ibídem. Pág. 66, párr. 5
12. “The trend has been to reconstruct existing neighborhoods in an effort to preserve communities and to improve the quality of life within them”. Jacques RODRIGUEZ, Thesis: Redevelopment of an urban area in Monterrey, Mexico. Rice University, Houston, 1971. Pág. 32, párr. 1
13. El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Pág. 67, párr. 7






Cincuenta años del Plan Director de Monterrey

JUNIO 2017

La conclusión de los artículos de METROPOLISREGIA.COM en los que se analizó la configuración histórica de Monterrey entre los siglos XVIII y XX destacaba que las autoridades y la propiedad, aunque eran los responsables más importantes del ordenamiento urbanístico, se desentendieron durante cien años del desarrollo equilibrado de la ciudad. A partir de la restauración de la República en 1867 y de la consolidación política de la ideología liberal en el país, la urbanización del entramado reticular y la expansión periférica, se subordinaron a los objetivos económicos y a la transformación industrial de Monterrey; descuidando, a pesar del gran aumento de la población1, la provisión de suficientes reservas públicas para los equipamientos colectivos, y tolerando los diseños poco cuidadosos que ya mencionamos (Fig. 0617-1).

Aunque “los primeros indicios del ordenamiento territorial (…) se remontan a 1927, cuando el Congreso del Estado de Nuevo León promovió la Ley de Planificación y Construcciones Nuevas de la Ciudad de Monterrey con la finalidad de orientar y fomentar una distribución ordenada de las construcciones, (…) fue hasta 1950 cuando el Instituto de Estudios Sociales publicó los Apuntes para el Plano Regulador de la Ciudad de Monterrey del urbanista norteamericano Kurt Mumm, (…) que era promovido por el sector privado”2. Sin embargo, el marco normativo de la planificación se generalizó en el Estado durante la década de 1960; solo entonces se profesionalizó la práctica y se preparó el primer documento oficial, el Plan Director del Plan Regulador del Área Metropolitana de Monterrey (AMM), que fue publicado en julio de 1967.

Como se cumplen cincuenta años de la publicación del Plan Director, METROPOLISREGIA lo conmemora analizando sus principales propuestas en los artículos de junio y julio de este año. Pero, sabiendo que es imposible abarcarlo todo, en el artículo de junio se analizará el Plan, en cuanto que trataba de reconducir el crecimiento desordenado de la conurbación configurando seis grandes ciudades interconectadas y casi autosuficientes; mientras en julio, se estudiará la conformación “óptima” (Bardet) de cada una, y la disposición escalonada de los equipamientos colectivos.


Figura 0617-1. Plano del Área Metropolitana de Monterrey de 1967. En color gris queda señalada el área urbanizada existente, mientras en color rojo se destacan los fraccionamientos aprobados entre los años 1961 y 1966, que continuaban el modelo de crecimiento disperso en las principales direcciones radiales de la metrópolis (El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Figura 13)

EL PLAN DIRECTOR DE LA SUB-REGIÓN MONTERREY DE 1967 (EXÁPOLIS 2000)

El Plan Director de la Sub-región Monterrey, proyectado por el Departamento del Plan Regulador del Monterrey, N. L. y Municipios vecinos, fue dirigido por el Arquitecto y Urbanista Guillermo Cortés Melo con la colaboración de un grupo numeroso de profesionales y estudiantes3. Entre ellos cabe señalar la participación del Arquitecto y Urbanista Helios Albalate Olaria desde 1963 hasta 1966, y la del Arquitecto y Urbanista José Juan Ríos Leal a partir de 1967. Como es sabido, el Plan se fundamentaba en ciertas teorías que Gaston Bardet había denominado biosociología4.

El documento, que al publicarse era el más completo de su tipo del país y que recibiría por ello diversos reconocimientos, no solo abordaba los aspectos geográficos y geométricos habituales, sino que buscaba la justificación antropológica del planeamiento urbano; porque, como explican los redactores, “solamente una planificación integral que tenga como fin último al hombre, al desarrollo de la persona en toda su complejidad social e individual, y que se integre a los vastos campos regionales y nacionales, es la que consideramos que puede plantear y resolver los interdependientes y complejos problemas urbanos”5.

Sin embargo, en primer lugar, el Plan Director debía hacer frente a los aspectos técnicos, más urgentes; a una presión demográfica y urbanística insólita, y al proceso de expansión caótico que se registraba en la metrópoli. Ya que, solo entre 1943 y 1963, la población de Monterrey había aumentado de 241,257 a 850,668 habitantes, y la superficie urbanizada había pasado de 3,022 a 7,630 Ha; así que, si la población había aumentado tres y media veces, la huella urbanizada solo dos y media, mientras que la densidad apenas un 40 por ciento: de 79 a 111 hab/Ha. Por eso, ante el ritmo impredecible de la inmigración, no parece excesivo que los redactores hubieran proyectado el crecimiento de la metrópolis estimando una población de más de cinco millones de habitantes para el año 2000, tampoco que la distribuyeran en una superficie de 40,000 Ha, creciendo la densidad promedio hasta 130 hab/Ha (entre 25 y 30 viv/Ha). Ya que, así, el Plan comenzaba a contrarrestar la dispersión, moderando razonablemente el modelo de crecimiento extensivo propio de la ciudad.

Por otra parte, las previsiones respondían a la consolidación del proceso de industrialización regiomontana6, que se producía en el contexto sociopolítico del así denominado ‘milagro económico mexicano’, aunque se hubiera desarticulado apenas publicado el Plan al terminar la década de 19607. Pero, también a la ordenación urbanística del suelo contiguo a la ciudad existente, que pudiera satisfacer la población estimada por los estudios conforme a la práctica del planeamiento de otras ciudades industrializadas. Además -vale la pena destacarlo-, establecía la provisión de las reservas territoriales públicas necesarias para los equipamientos urbanos y para la edificación de vivienda social de la futura metrópolis, así como una la estrategia financiera para obtenerlas, que se comentará después.

No obstante, como vimos, las reservas de suelo públicas se habían suprimido del plano de la ciudad cien años antes con la desamortización de las propiedades municipales; que, por otra parte, afectaban directamente a los intereses de la propiedad, que especulaba con la posibilidad de seguir urbanizando en la periferia en las mejores condiciones regulatorias. Quizá por eso tampoco prosperó la aplicación del Plan, que según dice Roberto García Ortega, “no sólo fue limitada, sino incluso desvirtuada (…) a causa de la difícil conciliación con el ‘modelo liberal urbano’ (…). Ello le valió un escaso apoyo comunitario y político-legislativo del gobierno, e incluso serios ataques por parte de algunos grupos de poder económico local”8. Como hubiera sido, el Plan consiguió únicamente que se fijaran las posiciones de la estructura radial, ya que con su trazado se confirmaban las expectativas de la revalorización del suelo y de la expansión desregulada, aunque con ello se fomentaba también el uso del automóvil.

En segundo lugar, interesa analizar las características de la propuesta y la fundamentación teórico práctica del Plan, comúnmente denominado Exápolis 2000. Porque, para evitar la dispersión de las grandes metrópolis norteamericanas y las limitantes que introducía en la cohesión social, se regulaba la expansión de Monterrey en cinco direcciones. Y, con ello, no solo se planeaba la consolidación urbanística de los municipios contiguos; sino que impulsaba también el ordenamiento regional, el desarrollo controlado de las poblaciones cercanas (Fig. 0617-2).

Figura 0617-2. Plan Director de la Subregión Monterrey de 1967 (Exápolis 2000). La metrópolis era ceñida por un añillo periférico que delimitaba a la vez que conectaba todas las radiales de acceso a las cinco ciudades federación (CF) y a la Ciudad Central (CC). La condición orográfica propia del AMM hacía inevitable la morfología tentacular. La Sierra Madre, el Cerro de las Mitras, el Cerro del Topo y el Cerro de la Silla eran los separadores naturales de la estructura federativa, aunque debieron complementarse con las reservas de suelo agrícola y de parques para delimitarlas al Noreste y el Este del conjunto (El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Figura de la Portada)

Como explicaban los redactores, Exápolis 2000 propone “un conjunto urbano principal constituido por seis ciudades federación, y por seis ciudades menores ubicadas alrededor de éste, a distancias variables de 25 a 35 Km del centroide del citado conjunto principal. Este conjunto principal abarcará cerca de 40,000 Ha y está supuesto para una población de unos 5.200,000 habitantes (…). Cada Ciudad Federación del conjunto central será prácticamente independiente de las demás en su funcionamiento, pues contará dentro de sí misma todos los elementos para lograrlo (…). Por considerar que en esa forma se obtienen los marcos más adecuados para el desarrollo tanto de la comunidad como de la persona en todas las etapas y formas de la vida social, y a la vez se obtiene la mayor eficiencia urbana general en los demás aspectos”9.

A partir de la Ciudad Central (CC), la pieza reticular trazada por Epstein (1865) y por los tejidos industriales y residenciales del perímetro ceñidos por un anillo doble de circunvalación continua, la expansión metropolitana se articulaba entre los accidentes orográficos en forma de brazos irregulares, en dirección de las cinco cabeceras municipales colindantes: San Pedro y Santa Catarina al Sur, García al Noroeste, Escobedo y San Nicolás al Norte, Apodaca al Noreste, y Guadalupe al Este. Cada uno de los brazos conformaba una Ciudad Federación (CF), integrada por una zona industrial (ZI) separada del tejido residencial, configurado a su vez por un racimo de ciudades óptimas (CO).

Cada CF estaba conectada fuertemente con la CC por alguna de las vías radiales, de la que se derivaba una malla de circulaciones, con zonas verdes y equipamientos colectivos cuidadosamente distribuidos, para atender a los tejidos residenciales de cada una de las CO. El escalonamiento comunitario vecinal se desdoblaba linealmente; las CO en barrios (B) y grupos domésticos (GD), que tenían las áreas verdes y equipamientos correspondientes10. Por una parte, la estructuración orgánica de cada CF conjuntaba la geografía y la geometría del conglomerado de CO, buscando la continuidad espacial de la CC en las direcciones históricas del crecimiento metropolitano. Por la otra parte, el escalonamiento transversal de los tejidos vecinales, descendía hasta la ordenación del último nivel operativo, dejando abierta la configuración física de los componentes urbanos.

Como fundamentación teórico práctica, los redactores ofrecen una justificación humanística de la propuesta morfológica. Según explican, “mediante la organización federativa escalonada (…), cada ciudadano puede encontrar un cuadro físico-social a la escala de sus aspiraciones y posibilidades fisiológicas, psicológicas y sociales. Como este cuadro físico-social tiene su expresión principal en los centros de los distintos escalones, ya que es en ellos donde se produce el “calor cívico” necesario para el florecimiento del espíritu comunitario –básico para todo desarrollo social sano-, es grande la importancia concedida a la ubicación y equipamiento de tales centros. Otra de las consecuencias de la estructura federativa escalonada, es la distribución equilibrada de los lugares de trabajo, tanto industriales como de servicios, así como el equipamiento de los centros cívicos, lo cual se traduce en la reducción y simplificación de los movimientos cotidianos de la población y la consiguiente disminución de gastos y tiempos destinados a la transportación”11.

Aunque en el artículo de julio se comentarán con mayor detenimiento otros aspectos de la propuesta, de lo ya expuesto se puede concluir que el Plan Director de Monterrey de 1967 confrontaba el desorden metropolitano con una propuesta estructurante determinada tanto por el modelo de crecimiento radial que experimentaba la metrópolis, como por la información técnica y sociológica disponible (como recomendaban Patrick Geddes y otros exponentes del ámbito anglosajón). El diseño urbano era respetuoso de la geografía así como de la ciudad existente; mientras que la geometría orgánica, más que ambigüedad, destacaba la necesaria flexibilidad espacio temporal de la propuesta.

En definitiva, en la propuesta ordenada de Exápolis 2000 se percibe, por una parte, la línea de influencia de la topografía social de Bardet; que “defiende una ciudad que crece y mejora de forma empírica, por ensayo y error, rechazando la concepción integral de la ciudad, y aspirando a resolver con eficacia los problemas urbanos más acuciantes”12. Y, por la otra, inspirada en las ideas de Bergson, en la búsqueda del “impulso vital que mueve y guía la evolución de toda realidad. Sin embargo, esta concepción dinámica de lo existente tiende a una estabilidad: la estabilidad de la continuidad sin ruptura, la durabilidad, la permanencia de lo anterior en formas siempre nuevas”13.


Figura 0617-3. Exápolis 2000. En el esquema se distinguen el cuerpo de estructura reticular de la Ciudad Central (CC) y las urbanizaciones industriales (rojo) y residenciales del continuo existente de 1966. Alrededor, la expansión urbana controlada flexible y orgánicamente por el Plan Director, configuraría las ciudades federación (CF), separando los componentes urbanos de la producción (ZI) de los del escalonamiento vecinal residencial (CO, B y GD).




1. La ciudad de Monterrey, que había alcanzado 500,000 habitantes en 1950, saltó a 1’642,000 en 1976 y a 2’148,000 en 1983, aumentando la concentración de la población del Estado en la metrópolis de 64% a 80%. Por otra parte, la superficie urbanizada pasó de 4,000 Ha en 1950 a 30,910 Ha en 1983, con lo que la densidad disminuyó casi a la mitad, desde cerca de 125 hab/Ha bajó a 70 hab/Ha, debilitando todavía más la funcionalidad y la cohesión. No obstante, la dispersión se ha seguido agravando; en el año 2000 la densidad se redujo a 60 hab/Ha, los 3’374,400 habitantes de la metrópolis se distribuyeron en 55,882 Ha, y en 2010 a tan solo a 49 hab/Ha, los 4’165,500 habitantes ocuparon 85,184 Ha
2. Víctor Joel PÉREZ POZOS. Tesis: Estrategias para un crecimiento ordenado y sustentable para la subregión periférica del área metropolitana de Monterrey. Universidad de Nuevo León, San Nicolás de los Garza, 2012. Pág. 15, párr. 4 a pág. 16, párr. 1
3. Cfr. El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Pág. 119, párr. 5
4. “El Autor plantea que en cualquier régimen político se observa la misma biosociología, compuesta por seis especies sociales y clasificada en tres niveles diferenciados: el hipourbano, constituido por el caserío aislado, el pequeño núcleo rural y los centros rurales de los que dependen otros de menor entidad; la ciudad humana propiamente dicha; y el hiperurbano, de tamaño descontrolado, configurado por metrópolis enormes de diferente entidad. Bardet apunta que si el primer nivel es incapaz de aportar beneficios espirituales suficientemente ricos, el último destruye los que ya estaban aglutinados: entre ambos se define un nivel óptimo dependiendo del nivel cultural y técnico de la sociedad”. Silvia BARBARIN y Elena MARTÍNEZ LITAGO en José LUQUE VALDIVIA. Constructores de la ciudad contemporánea. Cie Inversiones Editoriales Dossat 2000. Pág 138, col. 1, párr. 2
5. El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Pág. 3, párr. 4
6. “En el período 1960-1970 la producción fabril mantuvo un crecimiento sostenido con una tasa anual de 8.5 por ciento, frente a 8.1 por ciento nacional. Las manufacturas regiomontanas pasaron de aportar 10 por ciento del PIB industrial nacional en 1960, a aportar 10.5 por ciento en 1970, máximo histórico hasta entonces”. Lilia PALACIOS HERNÁNDEZ, Consolidación corporativa y crisis económica en Monterrey, 1970-1982, en Isabel ORTEGA RIDAURA, Nuevo León en el siglo XX. La industrialización, del segundo auge industrial a la crisis de 1982, tomo II. Fondo Editorial de Nuevo León, Monterrey, 2007. Pág. 212, párr. 2
7. “Entre 1960 y 1970, la industria creció a 8.2% anual, el mayor dinamismo manufacturero en todo el siglo, mientras que el PIB total lo hizo en 6.5%, cifras superiores a las de la década anterior que atestiguan el momento culminante del ‘milagro económico mexicano’ “.Gustavo GARZA VILLARREAL, Evolución de las ciudades mexicanas en el siglo XX en Notas. Revista de información y análisis, núm. 19, 2012, Pág. 10, col. 3, párr. 2 a pág. 11, col. 1, párr. 1
8. Roberto GARCÍA ORTEGA, La conformación del Área Metropolitana de Monterrey y su problemática urbana.  Monterrey, 1984. Pág. 105, párr. 1
9. El Plan Director de la Subregión Monterrey. Imprenta y Editorial Plata, S. A. Monterrey, 1967. Pág. 63, párr. 2 y 3; pág. 73, párr. 2
10. “Un conjunto de 80 a 200 familias constituye potencialmente un “escalón doméstico”, el cual teje y define sus relaciones comunitarias en el ir y venir cotidiano de la población a lo largo de ciertas calles. (…) Para que esta comunidad cristalice dentro de su radio limitado, es necesario dotarla de una vía que facilite recorridos adecuados para la circulación de peatones, de un pequeño grupo de comercios primarios y de un lugar para juegos infantiles (islote de juegos)”. Ibídem. Pág.47, párr. 3
11. Ibídem. Pág. 73, párr. 3 y 4
12. Silvia BARBARIN y Elena MARTÍNEZ LITAGO en José LUQUE VALDIVIA. Constructores de la ciudad contemporánea. Cie Inversiones Editoriales Dossat 2000. Pág. 134, col. 2, párr. 5
13. Ibídem.Pág 135, col. 1, párr. 2


La reordenación de la metrópolis. La regulación del crecimiento

MAYO 2017

En el artículo de METROPOLISREGIA.COM de abril pasado se decía que el desorden del planeamiento de Monterrey se introdujo después de la desamortización de las propiedades municipales, que fueron privatizadas sin una regulación urbanística adecuada. Así que, la espaciosa llanura que rodeaba la ciudad se urbanizó sin prever ni la estructura vial ni la disposición funcional y los equipamientos colectivos necesarios para alojar las nuevas actividades productivas y el aumento de la población. La implantación del ferrocarril y los sistemas de telecomunicaciones, de las zonas industriales y residenciales, se produjo sin condicionar los intereses de la propiedad, en consonancia con la legislación liberal del país del siglo XIX.

Ahora bien, la falta o insuficiencia regulatoria del planeamiento no fue exclusiva del desarrollo de Monterrey, sino una circunstancia que, aparte de haber sido habitual en las ciudades mexicanas, acompañó de una u otra forma la urbanización de las grandes regiones industrializadas. Por eso, el artículo de mayo de METROPOLISREGIA inicia con una descripción de la transformación de las ciudades durante el siglo XX, después profundiza en el contexto normativo del desarrollo de las ciudades mexicanas, que no contaron con herramientas suficientes para el crecimiento ordenado, y concluye apuntando algunos datos de la conurbación regiomontana anticipando los temas que serán tratados en los siguientes artículos.

LA TRANSFORMACIÓN DE LA CIUDAD DISPERSA DURANTE EL SIGLO XX

El desarrollo científico y técnico característico de la Edad Moderna confrontó la conformación tradicional de la ciudad. La ordenación de los componentes de la ciudad medieval, que se había constituido por un ejercicio de contextualización geográfica y geométrica en el marco sociocultural propio, quedó sujeta a un proceso radical de racionalización, que ha venido revisándose posteriormente. La transformación enfatizó inicialmente la geometría de la estructura de circulaciones y la disposición funcional de los elementos, plasmándola en proyectos de remodelación y expansión hasta colmar los límites preestablecidos de la ciudad. Por eso, una vez que la higiene dejó de ser un obstáculo y los sistemas de producción en serie potenciaron la economía, que los de locomoción mecánica permitieron la expansión urbana y las tipologías edificatorias la diversificación de la vivienda, los asentamientos primero se compactaron y después se desdoblaron, incorporando el crecimiento como uno más y en muchos casos el más importante de los factores económicos del desarrollo regional.1

Pero, ya en el siglo XX, el ciclo económico del crecimiento urbano retroalimentado con el aumento de la población provocó además de la dispersión geográfica “cambios importantes en las estructuras urbanas. Cambios en las funciones, en los sistemas de transporte y comunicación (…), en la morfología”2; a tal grado, que las diferencias entre las ciudades grandes y las pequeñas parecían insalvables, porque “está ampliamente reconocido que las grandes ciudades son las áreas de la innovación, del desarrollo industrial, y de la concentración de servicios especializados. En ellas se reúne la mayor cantidad de empleos, especialmente los más intensivos en conocimiento”3; mientras que las pequeñas difícilmente podían salir del estancamiento.

Sin embargo, el desarrollo técnico y el de las telecomunicaciones dieron un vuelco a las diferencias, estableciendo una cierta compatibilidad funcional a pesar de las diferencias tipológicas. Horacio Capel (1941- ) ha afirmado recientemente que “uno de los hechos más significativos que se han producido durante la segunda mitad del siglo XX ha sido la extensión de la urbanización y, sobre todo, la difusión de pautas de comportamientos y valores que antes se vinculaban predominantemente a lo urbano, lo que ha dado lugar a la difuminación de la antigua separación entre ciudad y campo”4. Por esto, “en las últimas décadas se han producido, al mismo tiempo, la extensión y la reestructuración de las áreas metropolitanas”5. “Ha habido una expansión de las periferias urbanas, con formas diversas de baja densidad (‘ciudad dispersa’, con viviendas unifamiliares aisladas o adosadas) y con diferentes tipologías. La congestión de las grandes áreas metropolitanas generó, desde la década de los años sesenta, impulsos para la creación de nuevas centralidades periféricas, con mayores facilidades de acceso por autopista que el mismo centro de la ciudad. Las regiones urbanas han pasado a caracterizarse por la existencia de centralidades múltiples”6.

Analicemos teóricamente este proceso, aunque sea a grandes rasgos. Al final de la década de 1920, Marcel Poëte (1866-1950) consideraba que los avances técnicos habían causado la diferenciación tipológica de las ciudades. Porque, según explicaba, “la concentración urbana está vinculada a la posibilidad de que la gente pueda vivir reunida en un mismo punto; se va incrementando con el desarrollo de los recursos terrestres y con el perfeccionamiento de los medios de transporte. Así pues, la gran ciudad, en el sentido actual de la expresión, es, en definitiva, fruto de los progresos de la ciencia. (…) Entre una ciudad grande y una pequeña no existe tanto una diferencia de grado como una diferencia de tipo”7. La distinción misma señalaba cómo acortar las distancias: consolidando la configuración técnica las ciudades independientemente de sus dimensiones. Si bien, a nuestro entender, quedaba por determinar las condiciones de los componentes funcionales, los parámetros de la relación geográfica y geométrica, y sobre todo, la conformación del marco sociocultural que pudieran compartir unas y otras.

Sin embargo, después de la década de 1970, la diferenciación tipológica parecía poder zanjarse por otro camino, partiendo una interpretación holística8 del desarrollo urbano y regional, que fuera respetuosa de los condicionantes geográficos (amigable con el medio ambiente). Olivier Dollfus (1931-2005), geógrafo francés que profundizó en la conceptualización de la globalización, a la que consideraba solo como el intercambio generalizado entre las diferentes regiones del mundo y no la consolidación mercantil de todas, aseguraba que “el cambio de escala implica un cambio de naturaleza”9. Aunque resulta difícil precisar las características de su evolución urbanística, la ciudad difusa del siglo XX de la que habla Horacio Capel, podría comprenderse mejor como un conjunto de partes que tienden a complementarse funcionalmente, más que como la agregación de entidades individuales y autónomas.

Así que, como hemos dejado asentado en los artículos anteriores, la respuesta técnica a la generalización de la dispersión que ha venido afectando tanto a las ciudades compactas como a las extensas, comportaría el desarrollo de un modelo de planeamiento diferente, que armonizara las actuaciones en cada una de las partes y, al mismo tiempo, en las diferentes escalas de la geografía. En un proceso en el que ésta determinara las condiciones de sostenibilidad del crecimiento urbano.
Pasemos al segundo de los temas de este artículo, la descripción del contexto normativo de la configuración de las grandes ciudades mexicanas.

EL CONTEXTO REGULATORIO MEXICANO. EL CASO DE MONTERREY

A diferencia del contexto más o menos desregulado del planeamiento de las metrópolis europeas y norteamericanas, el de las grandes ciudades de México ha sido caótico, en tanto que los responsables del ordenamiento han actuado en paralelo, cuando no divergentemente. En primer lugar sabemos que el contexto normativo al que podía referirse el planeamiento mexicano contaba en sus inicios solo con la Ley sobre Planeación General de la República (DOF 12/07/1930). Y, que dicha ley reservaba las inversiones del ámbito federal a la infraestructura estratégica, para desarrollar “la potencialidad productiva de las diferentes zonas del país, [sin] referencia al papel de los niveles estatal y municipal ni mecanismos de actuación intergubernamental en el ordenamiento territorial”10. Tampoco establecía el marco conceptual para el desarrollo de los equipamientos colectivos de las ciudades ni el de la participación de la iniciativa privada.

Así que, durante las décadas de 1930 y 1940, las actuaciones del gobierno se concentraron más o menos arbitrariamente en el equipamiento educativo y de salud, en las infraestructuras de comunicaciones y transporte y en la promoción general del desarrollo agrícola e industrial del país; mientras los particulares gestionaban por su cuenta los componentes urbanos destinados a la producción y la vivienda, al comercio y el entretenimiento. Al final de la siguiente década, se “hizo énfasis en la creación de las condiciones necesarias para la industrialización y su adecuada distribución territorial (…), [en] la necesidad de establecer una coordinación de las actividades de este nivel de gobierno con las de los gobiernos estatales y municipales, (…) que no pasó de ser una declaración de buenas intenciones”11.

Aunque durante la década de 1960 se incorporó la planeación como herramienta fundamental para la producción y equipamiento del espacio público, y se aprovecharon las fuentes de financiamiento internacional existentes, se excluyó todavía la participación estatal y municipal. Pero, al final la década siguiente se constituyó la Comisión Nacional de Desarrollo Urbano, que determinó la concurrencia y coordinación de los tres niveles de gobierno en “la elaboración y dirección de la política general de asentamientos humanos del país, la planeación de la distribución de la población y la ordenación del territorio nacional, así como la formulación y conducción de los programas de vivienda y de urbanismo”12.

No obstante lo determinado finalmente por la legislación, no se ha logrado aún ni la congruencia ni la concertación normativa del planeamiento. Paul García Castañeda explica que “los planes y políticas de descentralización no han correspondido a una acción prospectiva sustentada en un proyecto de organización territorial preestablecido. Más bien han sido respuestas limitadas y tardías a hechos consumados y procesos en marcha (…). La sucesión de planes de desarrollo urbano no ejecutados –sus revisiones constantes, las obras planeadas no realizadas, o las ejecutadas no planeadas, cuya prioridad se modifica o quedan inconclusas-, o los cambios repentinos de rumbo en la política global y urbana (…) generan nuevas contradicciones y problemas (…). El manejo discrecional de la regulación urbana y las políticas autoritarias y sin sujeción a los planes de dotación de infraestructura y servicios han permitido o impulsado un crecimiento extensivo, disperso y anárquico de los centros urbanos que depreda la tierra agrícola y los recursos naturales, eleva los costos sociales de dotación de infraestructura y equipamiento urbanos, incrementa el tiempo y costo del transporte y multiplica las fuentes móviles y fijas de contaminación ambiental”13.

Como consecuencia, “la incoherencia de las acciones estatales en la aplicación de las normas de crecimiento urbano y de manejo de los usos del suelo ha privilegiado a los agentes empresariales, a las empresas constructoras ligadas al aparato gubernamental, a los especuladores inmobiliarios (…), relegando las necesidades de la mayoría de la población. La desregulación y la entrega del crecimiento urbano al libre juego de las fuerzas del mercado, (…) amenaza con agravar estas tendencias y penalizar más a los sectores populares”14.

La conurbación regiomontana, por su parte, comprueba lo anterior. Ya que, si durante la primera mitad del siglo XX careció de un proyecto urbano, una vez que lo tuvo, ha faltado la coherencia del control normativo y administrativo; mientras que la metrópolis experimentaba las adecuaciones funcionales y una expansión, debida principalmente al incremento demográfico. Monterrey tenía más de 60,000 habitantes en 1900, pero la población aumentó a poco menos de 140,000 en 1930, a casi 340,000 en 1950 y a 860,000 en 1970. En ese año, el Área Metropolitana de Monterrey (AMM) sumaba ya alrededor de 1’500,000 habitantes, que en 2005 pasaron de 3’500,000; más del 85% de la población total del estado de Nuevo León se había concentrado en la capital y los municipios conurbados (Fig. 0517-1).

Aunque pocas, las previsiones de los primeros planos de Monterrey (Crouset, 1794 y Epstein, 1865) eran suficientes para la escala de la ciudad preindustrial y solo competencia de la autoridad municipal. Pero, una vez conformado el motor económico industrial, al final de la década de 1930 la urbanización industrial y residencial alcanzaba los municipios vecinos, por lo que era necesario coordinar las acciones de los diferentes niveles de gobierno y los particulares. Como ha comentado Roberto García Ortega: “Monterrey empieza su acelerada expansión urbana no planificada en forma de ‘mancha de aceite’, siguiendo la instalación de las grandes industrias sobre los ejes de los ferrocarriles y carreteras en construcción; al norte, poniente y oriente del viajo casco urbano”15.

No obstante los esfuerzos de las instituciones públicas y profesionales, la dispersión urbana ha seguido fuera de control. La región metropolitana de Monterrey suma casi 4’000,000 de habitantes y alcanza una superficie urbanizada de más de 6,300 km2. El remedio al deterioro medioambiental y el desorden urbano son inaplazables, como se ha insistido recientemente entre los especialistas y los medios de comunicación social (Fig. 0517-2). Así que, de estos temas se tratará en los siguientes artículos.

Figura 0517-1. Plano del Área Metropolitana de Monterrey 1930-1984. Roberto García Ortega y Andrea Martínez de Hernández. El documento señala la evolución física de la mancha urbana entre 1900 y 1984. Documentos de la Secretaría de Asentamientos Humanos y Planificación del Gobierno del Estado de Nuevo León

Figura 0517-2. Mapa Base del Área Metropolitana de Monterrey. Plano de la mancha urbana de Monterrey actual. Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) y del Centro de Desarrollo Metropolitano y Territorial (CEDEM)





1. El primer ejemplo de expansión ordenada, quizá el más interesante del siglo XIX, fue el Ensanche de Barcelona que proyectó Ildefonso Cerdà en 1860
 2. Horacio CAPEL, Las pequeñas ciudades en la urbanización generalizada y ante la crisis global, en Investigaciones Geográficas, Boletín del instituto de Geografía, UNAM. Número 70, 2009. Pág. 10, col. 2, párr. 3
 3. Ibídem. Pág. 10, col. 1, párr. 4 a col. 2, párr. 1
4. Ibídem. Pág. 9, col. 1, párr. 3 y 4
5. Ibídem. Pág. 10, col. 2, párr. 3
6. Ibídem. Pág. 11, col. 1, párr. 2
7. Marcel POËTE, Introducción al urbanismo. La evolución de las ciudades: la lección de la Antigüedad. Fundación Caja de Arquitectos. Barcelona, 2011. Pág. 32, párr. 2
8.  Holismo es una doctrina filosófica que propugna la concepción de cada realidad como un todo distinto de las partes que lo componen
9. Naturaleza, según el Diccionario de la lengua española, puede ser entendida como principio generador del desarrollo armónico y la plenitud de cada ser, en cuanto tal ser, siguiendo su propia e independiente evolución
10. Paul GARCÍA CASTAÑEDA, Estado, Planeación y Territorio en México, en María A. CASTRILLO ROMÓN y Jorge GONZÁLEZ-ARAGÓN CASTELLANOS, Planificación Territorial y Urbana. Investigaciones en México y España. Universidad de Valladolid, Universidad Autónoma Metropolitana, 2006. Pág. 47, párr. 5 y 6
11. Ibídem. Pág. 48, párr. 3 a 5 
12. Decreto por el que se crea la Comisión Nacional de Desarrollo Urbano. Diario Oficial de Federación del 16 de junio de 1977
13. Paul GARCÍA CASTAÑEDA, Estado, Planeación y Territorio en México, en María A. CASTRILLO ROMÓN y Jorge GONZÁLEZ-ARAGÓN CASTELLANOS, Planificación Territorial y Urbana. Investigaciones en México y España. Universidad de Valladolid, Universidad Autónoma Metropolitana, 2006. Pág. 52, párr. 1 y 3, y pág. 53, párr. 1
14. Ibídem. Pág. 53, párr. 2
15. Roberto GARCÍA ORTEGA, La conformación del Área Metropolitana de Monterrey y su problemática urbana.  Monterrey, 1984. Pág. 101, párr. 1

La asimilación de los cauces hidrográficos en el planeamiento III

ABRIL 2017

En el artículo anterior vimos que las autoridades de Monterrey trazaron los repuebles previendo el crecimiento de la ciudad comercial, aunque con la desamortización de los ejidos pretendían también dinamizar la economía. Porque la ideología liberal incorporaba en el planeamiento nuevos objetivos, y además de enfatizar el papel representativo del comercio y de separar del tejido residencial las actividades industriales, buscaba que la construcción de la ciudad sirviera para impulsar el desarrollo económico. Rocío González Maiz recuerda que “saldar la deuda pública y crear un excedente económico a corto plazo, se convirtió en uno de los principales objetivos perseguidos con la enajenación de los bienes de las corporaciones civiles”1. Sin embargo, en nuestro caso, las autoridades “no tuvieron ningún cuidado en cumplir con lo estipulado por las leyes, pues ese fondo fue utilizado para cubrir múltiples necesidades2; y, por eso, “los servicios públicos proporcionados por el Municipio estuvieron lejos de mejorar al ritmo con lo que exigía el crecimiento de la ciudad”3.

En cambio, durante el último cuarto del siglo XIX, se logró la concertación de las acciones del gobierno y los particulares, orientándolas más directamente a la transformación y expansión (como se ha dicho ya acerca de las comunicaciones y el transporte), pero en detrimento de la atención que requería el espacio público de la ciudad. A partir de la consolidación del régimen porfirista (1884-1911), la obra pública aumentó significativamente, aunque para reducir y financiar las inversiones se utilizó la superficie libre de algunas plazas, se documentaron antes los casos de la Alameda y de las plazas de Allende y de la Concordia, denominada del Cinco de Mayo; no obstante, el más notable fue el descuido y la eliminación del parque público que conformaban las riberas del arroyo y de los ojos de agua de Santa Lucía4  (Fig. 0417-1).

Diversas concesiones en el pago de impuestos impulsaron también la urbanización residencial y el desarrollo industrial. A lo largo del proceso de enajenación de los ejidos se habían presentado muchas dificultades para delimitar el suelo que estaba disponible5, pero la rectificación y homogenización del trazado reticular tuvo un impacto muy positivo en el ordenamiento funcional de la ciudad. Quizá el ejemplo más claro que tenemos está en la parte norte de la retícula de Epstein, la ampliación del trazado de las calzadas de la Unión y del Progreso, que la prensa de la época aseguraba que llegaría a ser la parte más hermosa de la ciudad6. Pero la superficie del Repueble del Norte era desproporcionada, aun para la enorme necesidad de vivienda que tenía la ciudad; así que, las autoridades ofrecieron algunos incentivos para urbanizarlo lo antes posible; porque se buscaba conectar la ciudad existente con la fachada de la ciudad industrial, donde se habían construido las estaciones del ferrocarril.

Isabel Ortega Ridaura dice que “en octubre de 1890 se promulgó una ley que eximía del pago de contribuciones por cinco años a las fincas urbanas que se edificasen en los siguiente dos años. Como resultado se construyeron en la capital más de trescientas edificaciones, cuya falta era notoria, pues el crecimiento de la población exigía mayor número de habitaciones que el existente”7. Al término del plazo señalado se volvería a insistir pero más localizadamente: “en septiembre de 1895 (…) el Ejecutivo solicitó al Congreso local que se exceptuase de contribuciones por cinco años a las fincas de cierto valor que en el término de dos años se construyesen en las manzanas que circundaban la Alameda Porfirio Díaz, y a las que se levantasen en una zona de tres manzanas por lado, a los flancos de las calzadas Unión y Progreso (hoy Madero y Pino Suárez, respectivamente) de Monterrey. Con esta medida, se buscó orientar el crecimiento ordenado de la ciudad en torno a estos dos grandes ejes”8.

Al mismo tiempo que se promovía la urbanización de las zonas más representativas del Repueble del Norte, comenzaba también la edificación en el suelo desamortizado al norte del tejido reticular. Efectivamente, como documenta detalladamente Isidro Vizcaya, a partir de 1890 comenzaron a instalarse las primeras grandes fábricas aprovechando las exenciones de impuestos concedidas por las autoridades del estado9. Pero, además, entre ellas se trazó la primera urbanización residencial fuera del tejido reticular: el Repueble Buena Vista que diseñó su propia retícula siguiendo la disposición geométrica de las vías del Ferrocarril Nacional Mexicano y las del Ferrocarril de Monterrey al Golfo Mexicano, y no la del Repueble del Norte del que había quedado aislada totalmente. Muy pronto, el servicio de tranvías conectó aquellas nuevas zonas con la ciudad existente, como se puede ver en el plano de Monterrey de 1901 (Fig. 0417-2).

Se deduce que las autoridades promovieron primero la introducción del ferrocarril, estableciendo la fachada de la ciudad industrial en el límite norte de la retícula, la avenida Colón; y, posteriormente, la urbanización del suelo desamortizado de los ejidos: del suelo planificado del Repueble del Norte, así como del no planificado, que podría utilizarse indistintamente para las instalaciones industriales y los nuevos desarrollos residenciales. Más que ordenar el crecimiento conforme a los requerimientos funcionales de la naciente ciudad industrial, se buscaba impulsar el desarrollo económico a toda costa, con un modelo semejante al que seguía la expansión norteamericana en la colonización del territorio oeste, que Luis Cabrales ha descrito apropiadamente: “hasta finales del siglo XIX, la ciudad americana refleja (…) la vigorosa expansión del liberalismo individualista, que queda confiado al orden externo de unas cuantas reglas esquemáticas, con la casi completa exclusión de la intervención de cualquier poder público”10.

El planeamiento de la ciudad se había reducido a la desregulación funcional del suelo para permitir libremente la expansión, sujetándola solo a los condicionantes de la propiedad y del mercado. Así parece haber crecido el Monterrey al norte de la fachada de la ciudad industrial (Fig. 0417-3). No es correcto censurar el desarrollo económico ni la expansión industrial, sino la desregulación que provocó el crecimiento desarticulado del tejido industrial y residencial. Y, entre sus características más negativas, aquí se menciona solamente dos que interesa destacar en esta serie de artículos que tratan de la asimilación de los cauces hidrográficos, porque atañen a la corrección de crecimiento desordenado de la metrópolis regiomontana, que abordaremos en las siguientes publicaciones de METROPOLISREGIA.COM

Por una parte, observamos que, a pesar de la discontinuidad física, las actuaciones residenciales han preferido el trazado reticular; no solo por la claridad geométrica o por la conveniencia práctica de la urbanización; sino, ante todo, porque consigue los mayores aprovechamientos urbanísticos. A tal grado, que “el tipo de expansión urbana, referible genéricamente a la planta en damero, es susceptible de interpretarse como la máxima concesión del capital privado a la administración pública”11. En el caso de Monterrey, la fragmentación de la propiedad y la desregulación funcional del suelo junto con la asombrosa expansión, produjeron el acertijo geométrico que conocemos.

Y, por otra, tenemos que las actuaciones residenciales del norte industrial de Monterrey han ignorado en el diseño urbano la asimilación de los condicionantes hidrográficos, porque “en general, (…) la “idea” del crecimiento se superpone, sin motivo, al territorio”12, explicitando con ello la confianza en los avances técnicos de la ciudad moderna y, una vez más, la búsqueda de los mayores aprovechamientos urbanísticos. Como resultado, queda patente la devastación hidrográfica y la deforestación de las zonas llanas de la mancha urbana y, recientemente, la ocasionada por la urbanización indiscriminada de las laderas de las montañas que la circundan.

Después del breve recorrido histórico, podemos responder ahora acerca del desorden morfológico que ha heredado Monterrey de su vigorosa expansión del siglo XX, reconociendo que procede principalmente de la desamortización y la desregulación del suelo municipal, que liberó a la propiedad privada del respeto debido a los condicionantes geográficos que la comprometían con la configuración natural del territorio; y también de los geométricos, que debían relacionarla en la totalidad urbana. Que, en definitiva, fue el resultado de una ideología de crecimiento desacotado, de la falta de planeamiento que condicionara las inversiones inmobiliarias durante la configuración de la ciudad industrial.

Y plantear como punto de partida del planeamiento futuro, que “la naturaleza es proceso, (…) que responde a leyes y que representa valores y oportunidades para el uso del hombre, con ciertas limitaciones y algunas prohibiciones (…). [Que] el trabajo del urbanista es el del buscador de salud y de bienestar colectivos (…). [Que] para ello, la ciencia no es el único modo de percepción (…) y se necesita la creatividad del artista para llegar más allá (…).  La clave de la aportación de McHarg estuvo en su capacidad para establecer principios claros desde los que desarrolla un análisis que relaciona la forma del paisaje con los usos del suelo, concebido todo ello como instrumento de gestión del futuro del territorio, al servicios de una planificación regional y urbanística renovadas. No es un problema de información sino de conocimiento”13.

Figura 0417-2. Fotografía aérea del centro de Monterrey hacia 1930. Es notable la falta de compacidad y la deforestación del tejido urbanizado. Abajo y al centro de la imagen se observa ya solo el canalón que conducía las aguas del arroyo Santa Lucía a partir de la calle Zaragoza; el parque había desaparecido y los ojos de agua habían quedado bajo la superficie urbanizada de la ciudad

Figura 0417-2. Detalle del Plano de la Ciudad de Monterrey, Capital del Estado de Nuevo León México de 1901. Al Norte destaca la estructura representativa del Porfiriato conformada por las calzadas de la Unión y del Progreso, las avenidas Madero y Pino Suárez, que cobraron importancia a medida que se desarrollara la fachada de la ciudad industrial en la Avenida Colón, en la que destacan las vías y las estaciones del ferrocarril. En la parte norte, se aprecia una parte del Repueble de Bella Vista junto a los terrenos de la Cervecería Cuauhtémoc

Figura 0417-3. Plano general de la ciudad de Monterrey y sus ejidos de 1931. Los límites de los ejidos están señalados por los trazados de las avenidas Ruiz Cortines al Norte  y Churubusco al Oriente, respectivamente. Los trazados de las propiedades urbanizadas son generalmente rectangulares, pero relacionados con las vías motorizadas y las del ferrocarril y no con la retícula de los repuebles







1. Rocío GONZÁLEZ MAIZ, Desamortización y propiedad de las élites en el noreste mexicano 1850-1870. Fondo Editorial de Nuevo León. Monterrey, 2011. Pág. 18, párr. 1
2 . Ibídem. Pág. 44, párr. 3
3. Isidro VIZCAYA CANALES, Los orígenes de la industrialización de Monterrey. Una historia económica y social desde la caída del Segundo Imperio hasta el fin de la Revolución 1867-1920. Fondo Editorial Nuevo León–ITESM, 2006. Pág. 108, párr. 3 
4 . Cfr. Juan Manuel CASAS y Claudia MURILLO, Bajo el símbolo del rojo clavel. Arquitectura de Nuevo León en la Época de Bernardo Reyes (1885-1909). Comisión Estatal para la Conmemoración del Bicentenario del inicio de la Independencia Nacional y el Centenario de la Revolución Mexicana. Monterrey, 2010
5. “El reparto de terrenos baldíos dentro del ejido se ordenó por el reglamento del 14 de abril de 1842 (…). Sin embargo, (…) no tuvo efecto por temor a cometer errores en la medida del terreno, ya que no se conocía con precisión la extensión del ejido en ninguno de sus rumbos. (…) El reparto de las tierras del ejido provocó innumerables pleitos, tanto intermunicipales como entre los propietarios y por parte de éstos contra el municipio”. Rocío GONZÁLEZ MAIZ, Desamortización y propiedad de las élites en el noreste mexicano 1850-1870. Fondo Editorial de Nuevo León. Monterrey, 2011, Pág. 35 párr. 2 y 3
6. “Los regiomontanos se paseaban entonces por las calles de Unión y Progreso, amplias avenidas que los gobiernos revolucionarios renombrarían Madero y Pino Suárez”. César MORADO MACÍAS, Introducción: Nuevo León, la experiencia de la modernidad, en Nuevo León en el siglo XX. La transición al mundo moderno. Del reyismo a la reconstrucción (1885-1939). Tomo 1. Fondo Editorial de Nuevo León. Monterrey, 2007
7. Isabel ORTEGA RIDAURA, Orden y Progreso: el período reyista en Nuevo León, en César MORADO MACÍAS, Nuevo León en el siglo XX. La transición al mundo moderno. Del reyismo a la reconstrucción (1885-1939). Tomo 1. Fondo Editorial de Nuevo León. Monterrey, 2007. Pág. 12, párr 5
8. Ibídem. Pág. 13, párr. 2
9. Cfr. Isidro VIZCAYA CANALES, Los orígenes de la industrialización de Monterrey. Una historia económica y social desde la caída del Segundo Imperio hasta el fin de la Revolución 1867-1920. Fondo Editorial Nuevo León–ITESM, 2006. Pág 77, párr. 4.
10. Luis CABRALES, La ciudad norteamericana: la fe en el futuro, en Ciudades del Globo al Satélite, Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (Electa, 1994). Pág. 5, párr. 2
11. Luis CABRALES, La ciudad norteamericana: la fe en el futuro, en Ciudades del Globo al Satélite, Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (Electa, 1994). Pág. 5, párr. 2 
12. Ibídem. Pág. 5, párr. 2
13. Juan Luis DE LAS RIVAS SANZ, El paisaje como regla: el perfil ecológico de la planificación espacial. En María CASTRILLO ROMÓN  y Jorge GONZÁLEZ-ARAGÓN CASTELLANOS (coordinadores), Planificación territorial y urbana, investigaciones reciente en México y España. Instituto Universitario de Urbanística-Universidad de Valladolid. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco-División de Ciencias y Artes para el Diseño. Publidisa, 2006. Pág 26, párr. 3